23 de junio de 2016

Bajo las olas. Cuento prohibido



                                                                             
seducción de dioses



Desde el barco, Raquel contempla cómo su hijo de quince meses se sumerge en el mar y, tras bucear un buen rato, emerge y salta las olas como si fuese un delfín. 


Es una criatura asombrosa que le hace feliz y, además, le recuerda mucho a su padre. 
El pequeño se da cuenta de que la madre le observa y le lanza un beso antes de desaparecer de nuevo en las profundidades.
Cuando las primeras hogueras empiezan a brillar en el horizonte, Raquel llama a su hijo para que suba a bordo. Mientras  le ve acercarse, acaricia  la perla plateada que cuelga entre sus pechos.



                                               *******

Dos años antes, durante la noche de San Juan en una playa de levante...

Las hogueras se van apagando lentamente. Sobre la arena solo quedan los rescoldos de los fuegos que se encendieron hace horas. 

Raquel se siente enferma; había empezado a beber al mediodía, primero calimocho para acompañar la paella que sus amigos habían encargado en el chiringuito de Pepe, el Barbas, y continuó con los cubatas, hasta que al atardecer empezaron a prenderse las primeras hogueras, después..., después todo lo que le pusieron en las manos.

Por mucho que intenta enfocar la vista en el horizonte, las imágenes se suceden borrosas. Hombres y mujeres pasan delante de ella, cerca y a la vez lejos, otra vez cerca... Raquel está mareada, nota cómo las violentas sacudidas que ha empezado a dar su estómago impulsan  a las demás vísceras hacia arriba; le duelen el pecho y el vientre. La cabeza le estalla en las sienes.

Está acompañada de sus amigos, pero se siente sola. Lucas le echa el brazo por encima del hombro y la atrae hacia él; Raquel le aparta porque no soporta el peso. Vagamente, recuerda que unos días antes se habían dado el lote, y que ella había decidido que la noche de San Juan harían el amor.

Lucas está bueno..., muy bueno, se había dicho Raquel aquella misma mañana mientras observaba cómo el bañador rojo, bien ceñido a sus inglés, le marcaba el paquetón; en realidad, parecía que siempre la tuviese dura. 
Al contrario que el resto de los amigos, Lucas no tiene vello en el torso, y al ser tan moreno, su piel brilla cuando está mojada como si tuviese una pátina de escarcha.

Raquel se ha masturbado varias veces pensando en él. Ya no es la mosquita muerta del verano anterior. Durante el primer año de universidad ha vivido muchas experiencias sexuales, sumamente satisfactorias la mayoría, así que se siente preparada para tomar la iniciativa si llega el caso.

El plan de conquista funcionaba bien hasta que el alcohol ingerido superó con creces la tasa que su cuerpo estaba acostumbrado a metabolizar habitualmente.
Se había comportado como una estúpida.
Raquel vuelve a retirar el brazo de Lucas, esta vez de su cintura.

                                                   
Amigos peligrosos


Como puede, se pone de pie y se aparta del grupo. Nadie la sigue.
Detrás de unas rocas, decide poner en práctica algo que ha escuchado a sus amigas que funciona bien en estos casos.
Se introduce los dedos índice y medio de la mano derecha en la garganta, hasta notar cosquillas en la campanilla. Piensa que de no haber metido la pata, en ese momento tendría algo más sabroso en la boca, entrando y saliendo de ella, bien lubrificado por su saliva.

La nausea que le sobreviene es tan intensa que tiene la sensación de que todo su cuerpo va a vaciarse por la boca. Nota un sabor amargo, parece güisqui, ni siquiera recuerda haber ingerido esa bebida. El olor de su vómito es dulzón. Raquel aborrece el sabor dulce. Otra arcada más la parte en dos.

Minutos después, los espasmos han ido cediendo. Se encuentra mejor, pero aún se siente algo confusa. Decide que se va a dar un baño.

El agua está fresca. Las olas trepan por su cuerpo a medida que se adentra en el mar. Empieza a nadar. Irá hasta la boya más próxima y volverá. Tal vez lo de Lucas aún tenga solución.

Al llegar a la baliza, se siente cansada. Decide flotar unos minutos para recuperarse del esfuerzo. Lo hace bien; un socorrista le había dicho en una ocasión que esa facilidad, que en ella parecía innata, se debía a los dos buenos flotadores que tenía pegados a los pulmones. A Raquel no le importa tener un pecho generoso, más bien al contrario; sabe que es un arma poderosa de seducción. 
Cuando se pone alguna prenda escotada, nota cómo las miradas de los demás se quedan clavadas en esas colinas pronunciadas que, cual abanicos, se despliegan sobre el contorno estrecho de su tórax.

Perdida en esos pensamientos, observa cómo una nube cubre parcialmente la luna creciente que brilla esa noche. El mar se oscurece y ella se siente un poco perdida en aquella inmensidad.

Nota una cosquilla en el pie derecho. Un pez me ha rozado, se dice. Sin embargo, al momento, siente que le cogen del tobillo y tiran de ella hacia abajo. Asustada recuerda la película de Tiburón. La escena se repite.

                                                    
Terror nocturno.



Bracea tratando de mantenerse en la superficie. Sus pulmones se llenan de agua. La luna empieza a parecerle demasiado lejana, apenas un puntito de luz bajo la superficie. Al poco, ya no ve nada. 

La despierta el sonido del mar. Aunque no camina, se mueve. Entonces recuerda haber estado bajo las olas, en la oscuridad. Comprende que alguien la ha sacado del agua y la transporta cogida en brazos.
Agradecida, se deja llevar. 
Los brazos que la sujetan son robustos, y el pecho en el que apoya la cabeza interminable. Mira a su salvador y se sorprende al ver la abundante barba que cubre su rostro. Prendidas de ella lleva conchas y caracolas pequeñas.

Cuando el hombre se detiene por fin, la deposita suavemente sobre un colchón de algas rizadas cuyo contacto le recuerda a la alfombra de piel de oveja que tiene en su dormitorio. Raquel mira hacia arriba y se queda pasmada al comprobar que apenas llega al ombligo de su salvador. Su piel parece de plata, y sus ojos, a pesar de la oscuridad, se ven intensamente azules. Brillan como si tuviesen un fuego diminuto encendido detrás de las pupilas.

Es un gigante, se dice Raquel. Estoy muy borracha.

Mientras trata de comprender lo que está ocurriendo, el hombre clava un tridente en la arena y deposita una mano grande, como nunca antes  había visto, sobre su seno izquierdo. 

No habla, pero la mira fijamente a los ojos mientras sigue abarcando su pecho.
Raquel piensa que tal vez esté comprobando si su corazón late. Sin embargo, el gigante le arranca la parte superior del bikini y se le queda mirando. Sigue mudo.

Raquel recuerda que a aquellas horas tendría que estar escondida en alguna cala haciendo el amor con Lucas. No es su intención, pero compara al muchacho con el gigante que tiene delante.

Su mente va despertando, y su cuerpo, sin pretenderlo, también.
El hombre tiene magia en su mirada. Raquel levanta la mano derecha y le palpa el vientre. Pasea los dedos trazando círculos alrededor de su ombligo, sopesa el acero de sus músculos. Siente curiosidad. 

El hombre lleva una tela anudada a sus caderas y ella quiere saber lo que oculta. Desea, más que cualquier otra cosa en ese momento, comprobar si lo que cubre el taparrabos se corresponde con el tamaño del resto del cuerpo. 
Su mano baja y roza el tejido suave y ligero. El gigante no reacciona, pero la observa. El azul de sus ojos se oscurece un poco.

Raquel, sin retirar la tela, mete la mano por debajo...

Emite un gemido al comprobar que ha estado acertada en sus suposiciones. Apenas puede abarcar el miembro del hombre. La situación se está volviendo muy excitante. Le besaría, pero con la altura que tiene, no puede. 

Él parece adivinar sus intenciones y se sienta en la alfombra de algas; después la atrae hacia sí. Raquel se coloca a horcajadas sobre su regazo. Con las piernas no puede abarcarle las caderas, pero enseguida nota en su sexo el calor y la dureza anhelada. 

Él la eleva, como si fuese una muñeca, por encima de su pelvis y a continuación la deja caer despacio sobre su falo enhiesto.
Por un momento, Raquel siente pánico, cree que el tamaño de su vagina no es el adecuado para semejante miembro. Pero enseguida comprueba cómo se desliza en su interior sin dificultad. Penetra interminablemente, y su cuerpo se lo traga todo. Ya en su interior, nota que se mueve. Se da cuenta de que el hombre tiene la facultad inaudita de dominar su pene como si fuese el dedo de una mano. Lo que tiene dentro la explora, tienta y acaricia las paredes de su vagina. El hombre, cuando la eleva, aprovecha para lamerle los senos. La barba, con las caracolas, le acaricia el vientre. Raquel no se mueve, es él quien, agarrándola de las nalgas, empieza a agitarla  como una coctelera, arriba y abajo.

                                                   
Fantasía


Siente que el orgasmo estalla en su mente mucho antes que en su cuerpo. El cielo y las estrellas se acercan al mismo tiempo que el aire se transforma en agua a su alrededor. Parece que se esté fundiendo sobre el cuerpo de ese hombre. Ella es una ola que va y viene, nada más. Escucha el rugido del mar durante la tormenta. Ante sus ojos, el cielo se transforma en un arrecife de coral. Las estrellas son peces de colores asombrosos. Sus sentidos se excitan, es capaz de escuchar a los cangrejos que se afanan bajo la arena, huele la lluvia que cae en algún lugar lejano... se funde, como una ola que se deshace al empapar la playa que baña.

Recupera el dominio sobre su cuerpo. El hombre sigue ensartándola sobre su pene, muy despacio. Nota calor en su sexo, desea que las embestidas sean más rápidas, pero su amante se recrea en la lentitud. Raquel se desespera cuando el placer que está por llegar se prolonga interminablemente.

La luna se oculta completamente y la plata del hombre desaparece. Ruge la oscuridad a su lado. El invasor en sus entrañas crece. El hombre la gira ciento ochenta grados sobre el eje que los mantiene unidos. Ahora, Raquel contempla el mar, se eleva sobre las olas al tiempo que nota como en su vientre se desata la tormenta. 

Su amante le acaricia, con uno de sus dedos de gigante, la vulva expuesta ante el mar. Mientras lo cabalga, ella recuesta la espalda en el pecho del hombre. Es la reina del mar sentada en el trono que la corresponde.

El placer que siente la aturde. Algo llega imparable. Lo intuye. Su viente se expande y acumula toda la energía que le transmite el cuerpo del amante, hasta que el muro que contiene al placer se rompe y su vagina estalla, al igual que todo su sexo, al sentir el mar ardiente que la riega por dentro. 

Minutos después, sin que haya mediado palabra entre ellos, el gigante se pone de pie y le ofrece una perla plateada que emite luz. Después, da media vuelta, toma el tridente que había clavado en la playa y se encamina hacia el mar.

                                                     
El brazo del amante



¿Quién crees que puede ser este amante tan especial?









18 comentarios:

  1. Buenas noches,no se quien será ese amante tan misterioso y especial,pero entre el tridente,el tamaño y la barba,me hago una ligera idea de que puede ser una deidad,es posible que sea el dios del mar? A juzgar por el hijo que tiene Raquel que con tan solo quince meses esta como pez en el agua no me extrañaría.
    De todas formas que personajes más interesantes protagonizan muchas de tus historias araña...y que decir de las alfombras!las hay de todas las clases,aunque yo me sigo quedando con la de piel de oveja.
    Me ha gustado mucho el post.
    Os deseo buena noche de San Juan y que se cumplan todos vuestros deseos. Un beso.

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    1. Buenos días, Dama.
      Has acertado. Era Poseidón, el dios que reina en el mar.
      Las alfombras son un complemento indispensable en los relatos eróticos; veo que opinas lo mismo.
      Me alegra mucho que este post te haya gustado; yo lo he pasado muy bien escribiéndolo. Ya sabes, las noches de San Juan son inspiradoras.
      Que tus deseos se cumplan también. :-)
      Un abrazo.

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    2. Y muchas gracias por dejar tu comentario.
      Feliz fin de semana.

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  2. Buenas noches,esty totalmente deacuerdo con todo lo que dice dama87 no se puede añadir mucho más,simplemente me encantan tus historias y en estas dos últimas te has superado,os deseo una feliz noche de San Juan y que se cumplan todos vuestros deseos(no os olvidéis saltar la hoguera)un saludo

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    1. Buenos días, Tere.
      Muchas gracias por tus palabras amables, me animan mucho.
      La hoguera está saltada, la cara lavada con agua de rocío y los deseos formulados; ahora toca esperar a que se vayan cumpliendo. Como dice mi madre: Lo importante es que lo veamos.
      Un abrazo y hasta pronto.

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  3. Hola compañeros de tela! Yo a estas alturas ya no sé si quemo la almohada, meto debajo de la cama la hoguera, me bebo las ascuas, me como la hiedra o congelo las velas....hay que lío!!!
    Se ve que la noche de San Juan se puede pasar de muchas maneras. Ya me gustaría haberla pasado al borde del mar, peeeeeeerooooo...
    Con la excusa de ser esta noche tan especial aprovechamos para desatarnos un poco y dar rienda suelta a nuestros deseos.
    ¿ Quien dice que la protagonista de nuestra historia, cubata va, cubata viene no echó el polvo del siglo con el amigo Lucas y a ella le pareció el mismo Poseidón?
    Pues que bien por ella y por su cuerpo!!!!
    Pero vamos, se ve que precauciones ... Aquí la peña no sabe lo que son. No quiero ni pensar lo que saldrá de la historia anterior del guerrero celta. Madre de Dios!!!

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    1. Buenas tardes, Atalaya.
      Interesante teoría la que propones, aunque me pregunto, de ser el amante Lucas, con qué confundiría Raquel el tridente...
      Si hemos reaccionado así con la noche de San Juan, imagínate cuando llegue la Navidad y no sepamos dónde colgar las bolas. Me interesará mucho conocer tus sugerencias, de todas las que propones hoy, me quedo con la de quemar la almohada, porque esta pasada madrugada, que andaba muy desvelada, me dio por empezar a leer El silencio de las alcobas; ¡vaya la que hemos liado! ¡Menudo enganche!
      Me he tronchado de la risa leyendo tu comentario.
      Gracias.
      Un abrazo.

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  4. Buenas tardes a todos.
    Estoy de acuerdo con Atalaya, menuda semana nos ha dado la araña con la noche de San Juan. Yo he saltado la hoguera y leído las dos historias. Si no fuera por el niño pensaría también que había equivocado a Lucas con Poseidon.
    Muy buenos relatos los dos.
    Un saludo.

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    1. Buenas tardes, Capricornio.
      Pues sí, el niño es la prueba de que Raquel no sufrió ninguna alucinación a consecuencia del alcohol.
      La noche de San Juan se ha convertido en la semana de San Juan, jjjj. Lo importante es que lo hayamos pasado bien.
      Muchas gracias por el comentario.
      Un abrazo.

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  5. Me gusta la manera con la que juegas con nuestra imaginacion.

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    1. Buenas tardes, Borjaabraham.
      Te agradezco tus palabras.
      En eso consiste, en poner a prueba nuestra imaginación. Opino que en lo tocante a la sexualidad, si no se utiliza de vez en cuando la imaginación, se corre el riesgo de caer en la rutina.
      Un abrazo.

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  6. alcon peregrino
    Me agustado. que suerte la de Poseidon ser el dios del mar.

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    1. Buenas tardes, Alcón Peregrino.
      No sé yo quién de los dos tuvo más suerte, si Poseidón o la muchacha. Dilema difícil de resolver.
      Ya sabes que los dioses tienen poderes..., cosa que los humanos, nanay.
      Un abrazo.

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  7. Buenas tardes menuda historia la de Raquel
    Un abrazo araña

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    1. Buenas tardes, Set.
      Aunque al principio de la noche estaba un poco mareada, ya ves, acabó pasándoselo muy bien.
      Espero que te hayas divertido.
      Gracias por dejar tu comentario.
      Un abrazo.

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  8. Vaya vaya lo que les gustaba a estos dioses griegos seducir...Arañita nos acabas de narrar el nacimiento de un Héroe o un Semidios, (si no recuerdo mal, son aquellos nacidos entre un Dios y un mortal no es así?).No me importaría tener un sueño de esos ..jjjj..pero sólo un sueño.
    Estoy de acuerdo con Borjaabraham, juegas muy bien con nuestra imaginación....Besos!!

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  9. Buenas tardes, Casiopea.
    Así es, el niño sería un semidios muy bien dotado para la natación. ¿Te le imaginas en unas olimpiadas?
    La imaginación es un juguete muy poderoso, o tal vez sea un arma, bueno, no sé, pero cuidadín las que, bien explotada, puede liar.
    Te agradezco la visita.
    Un abraaaazo.

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  10. Mágico, no se puede definir de otra forma, se podría decir que el magnetismo animal ha sacado a la luz del día la magia envuelta en la sombra. contradice todas las leyes del espacio y del tiempo, Que polvazo!!!!

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