28 de junio de 2016

María la Bienllevá. Segunda parte


                                                                             
Ojos de gacela


Las sombras de la tarde se van alargando, y el sol, que una hora antes entraba por la ventana, ahora desciende por la fachada como si trepase al revés.



María me mira y espera a que continué con la entrevista, si es que a esta conversación se le puede llamar así.
Me gustaría tener el poder de colarme en su mente para, desde dentro, comprender por qué ha elegido esta vida que yo juzgo desordenada y superficial. María es prostituta y tengo que aceptarlo, sin juicios ni prejuicios, que si mala es una cosa, peor es la otra.

A mi derecha, sobre la mesilla chapeada en blanco, contemplo el jarrón de cristal que contiene las seis últimas rosas rojas y la blanca. Esta última es más grande que las otras, quizá porque está más abierta.

La mujer se da cuenta que estoy contemplando las flores.
-¿Te intriga, verdad? -dice mirándome fijamente.
-Pues sí, María, mucho.
-¿Te gustaría saber quién me las envía? 
-Bueno..., sí, pero mucho más que ese detalle, quisiera conocer el misterio de la rosa blanca. ¿Me lo desvelarías?

                                                                         
Pureza


Observo cómo María desvía sus ojos hacia la ventana. El color rojizo del atardecer tiñe su tez y dulcifica sus rasgos. Los labios se le curvan hacia arriba. Es una sonrisa triste. Me arrepiento de haber formulado la pregunta.

-La rosa blanca representa a mi hija.
María, que no se ha movido, actúa como si hablase para sí misma. Me apresuro a pedirle disculpas.
-No, María, no me des más explicaciones de las que consideres oportunas. Si hablar de algunas cosas te resulta doloroso, déjalo estar. 
Me incorporo y le agarro la mano. Ella reacciona a la caricia y me mira. Se la ve triste, aunque serena.
-Quiero contarlo. ¿Y a quién mejor que a ti? Lo saben pocas personas..., al principio lo oculté porque eran otros tiempos, pero hoy en día, ¿por qué no?, si ya nada nos sorprende. ¿Sabes, Rosa?, quiero que escribas mi historia. Sin nombres que puedan perjudicar a mi hija o a la familia que la ha criado... Me canso de callar y de no poder ser madre a pesar de haber parido. Si escribes lo que te cuente..., en fin, hija, me conformo con eso, con que el mundo conozca el sacrificio que una madre hizo por amor...

Me dan ganas de poner una excusa y salir de la habitación pitando. Se supone que escribo cosas curiosas y divertidas, no dramas. Sin embargo, me quedo pegada al sillón. Mis pies se han vuelto de acero y mis piernas de papel.

-Aquí estoy, María. Le prometo que escribiré su historia con mucho cariño.
La mujer me sonríe y se toma unos segundos antes de empezar a hablar. Empieza con una pregunta que me sorprende:
-¿Cuántos años tenías cuando la Transición?
Calculo rápidamente antes de responder. 
-Cuatro o cinco. No comprendo qué tiene que ver esto con...
-Calla, calla, déjame continuar... Verás, cuando murió el Caudillo, Dios le tenga en la gloria, salieron políticos hasta de las cloacas. Ya no había miedo... A putas iban hombres ricos y pobres, también gente importante, solo que esos lo hacían de otras maneras, más finas y discretas.
-¿Cómo de importantes eran esos hombres?
-Algunos de ellos eran políticos nuevos de mucho renombre. Entre ellos, el padre de mi hija.
-Pero..., ¿era cliente tuyo?
-Sí, lo fue durante casi dos años, el único que tuve hasta...
-Hasta que nació la niña -Acabo por completar la frase impaciente.
-Sí, así fue, hija. Nos conocimos en una fiesta para hombres. Nos habían llamado a unas cuantas..., ya sabes..., del oficio. Teníamos que divertir a los señores. Él destacaba entre todos...moreno, alto y delgado, guapote y elegante... Era un hombre de los pies a la cabeza. Cuando se reía, se le veían unos dientes blanquísimos, perfectos, tanto, que tiempo después llegué a preguntarle si llevaba dentadura postiza.

María calla de nuevo y yo imagino la escena. Me gustaría saber quién era ese político de primera línea, pero reprimo las ganas de preguntar. La mujer lanza un suspiro y continúa hablando.

-Aquello era un casulario.  El salón, lleno de cuadros y de muebles que se veía tenían que ser caros..., y de sofás, muchos sofás y sillones. Al lado de la ventana habían colocado unas mesas llenas de licores y de bandejas repletas de manjares..., marisco, ostras..., alimentos que una no estaba acostumbrada a llevarse a la boca. Unos camareros, todos hombres jovencitos y guapos, caminaban entre los invitados vestidos con falda corta y medias de color negro. Al principio, los caballeros elegían señorita y salían con discreción del salón, supongo que para tener intimidad, pero poco a poco la gente fue perdiendo la vergüenza... Había muchos sofás, ya sabes lo que quiero decir... Aunque estaba acostumbrada a tragar con todo, algunas cosas no acababan de convencerme. Para el sexo, a pesar de ser puta, era muy tradicional.

                                                                                 
Sofá de encuentros

-¿Te refieres a orgías?
-Sí, a eso mismo. Cuando delante de mis narices, algunos invitados empezaron a retozar con mis compañeras, me escabullí por una puerta de cristal que conducía a un jardín interior precioso. Notaba frío y me abracé a mí misma. Sabía que tenía que entrar y cumplir con lo que se esperaba de mí. Había cobrado un buen pellizco por solo una noche... Así estaba, cuando él se me acercó por detrás. No le había escuchado salir, pero su presencia se percibía con los demás sentidos.

«¿No le gusta la fiesta, señorita...?»
-Para usted, solo María. La fiesta..., bueno, he salido a tomar el aire, pero enseguida entro y ...
«Como desee, solo María. No se excuse, a mí tampoco me va ese ambiente. Tengo otros gustos menos..., digamos, menos ostentosos».
-Continuamos hablando un rato más, después me agarró de la mano y entramos de nuevo en la casa, solo que por otra puerta que daba a una biblioteca. Se notaba que no era la primera vez que estaba allí.

En la sala, de paredes forradas por estanterías de madera oscura, había dos sofás enfrentados de color verde botella y una mesa baja en medio. 
Sin soltarme de la mano, me indicó que me sentase a su lado. No recuerdo que me dijese nada, empezó a besarme despacio, sobre todo en el cuello -en todo el tiempo que estuvimos juntos no dejaba de repetirme que adoraba esa parte de mi cuerpo-. Sus manos fueron un poco más ansiosas, enseguida me liberó de la parte superior del vestido, que quedó arremangado en mi cintura, al igual que el viso; por último, aflojó el sostén. Estaba como mi madre me parió por arriba, pero continuaba vestida por abajo y con los zapatos puestos.
Me indicó con una mano que me pusiese de pie.
«Levanta los bazos» ,dijo.
Obedecí.
«Agáchate hacia delante y balancea el pecho»
Lo hice, ya lo creo que lo hice. Mis tetas, que entonces eran bien gordas, se movían más deprisa que mi torso. El se sentó en el suelo y según estaba, empezó a masajearme. Las juntaba, separaba, apretujaba...parecía fascinado por cómo la carne blanda se moldeaba entre sus manos.
Cuando se cansó, volvió a sentarse en el sofá y me pidió que me pusiera de rodillas ante él, creí que con la intención de metérmela en la boca, pero no, nada de eso. 
Separó las rodillas y me guió, tirando de mis hombros, para que me inclinase sobre sus partes. Estaba bien armado, así que al hacerlo, su pene quedó entre mis tetas. Gimió complacido al tiempo que colocaba sus manos a ambos lados de mi pecho e iniciaba el juego de apretar y soltar para aprisionar el juguetito que tenía en el medio. Empezó también a mover sus caderas arriba y abajo, como si en vez de entre las tetas la tuviese metida en un coño. 
«Tócate. Vamos hazlo», pidió sin dejar de moverse. 
Me llevé la mano a la entrepierna y aparté las bragas; estaba empapada. Empecé a frotarme donde bien sabía por experiencia que se encuentra el placer de las mujeres, ya sabes, el garbanzo...

La guarida del dragón


No tardo mucho en correrse. Dio una embestida al tiempo que comprimía mis tetas sobre su..., su, bueno, ya sabes... y embadurnaba mi piel y el collar de perlas que no me había quitado. Continuó apretando mientras su pene seguía dando sacudidas. Cuando terminó, recostó la espalda en le sofá y se subió la bragueta del pantalón.
 «Vístete. Y dime cuánto cobras». Dijo sacando la cartera del bolso.
Dos mil, respondí, aunque por aquel entonces cobraba mucho menos. 

Me dio el doble. Cogí los billetes y los guardé en mi bolso. Creí que todo iba a acabar ahí, pero no, nada de eso... 
Cuando me disponía a abandonar la sala, se acercó a mi por detrás y de nuevo comenzó a besarme el cuello. Como me había dado mucho más dinero del que yo había pedido, me vi en la obligación de corresponderle.

Me sentía un poco incómoda porque las perlas, pringosas todavía, se pegaban a mi piel, y el olor..., ya sabes cómo huele lo de los hombres..., llegaba a mi nariz, y supongo que a la suya también. Sin embargo no parecía importarle, porque continuó besándome el cuello. 

Estábamos de pie, al lado de la mesita que separaba los sofás. Cuando me apretujó contra su cuerpo, noté que estaba otra vez como un bruto... Y yo estaba como el horno de un panadero. 
Podríamos habernos echado en uno de aquellos sofás e incluso sobre la alfombra, pero no, lo hicimos de pie y vestidos, incluso con la ropa interior. Solo tuvo que apartarme las bragas a un lado y bajarse la cremallera del pantalón, ni siquiera se desabrochó el cinto.
Agarrado a mis nalgas, embestía como un toro bravo. ¡Qué hombre, Rosa, qué hombre!
La mirada de María se pierda de nuevo en el pedazo de cielo que se ve a través de la ventana. Llena su pecho de aire, supongo que también de añoranzas y lo expulsa suavemente.

-Estoy un poco cansada, Rosa. Continuaré contándote la historia, pero ahora necesito cerrar los ojos un rato...
Enseguida reacciono y le digo que lo comprendo perfectamente, que ya habrá tiempo para continuar con nuestra charla particular. 
Observo cómo María se recuesta en la cama, me pongo de pie, le arropo y le doy un beso en la frente. 

Cuando salgo de la habitación, y el aire que se nota en el pasillo me refresca la cara, pienso que yo también necesito un receso.


                                                   



                                          
  



  


12 comentarios:

  1. Buenos días araña me dejas con intriga.
    Quien será el político de las rosas. Espero la próxima entrega.
    Un abrazo araña

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    1. Buenas noches, Set.
      Tendrás que esperar..., y continuar leyendo todos los post, jjjj.
      Gracias por el comentario.
      Un abrazo.

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  2. Que intrigante es la historia de María!¿Que tuvo que hacer con su hija?,¿sabe el político que tuvo una hija con María?,y la hija,¿sabe quien es su madre?
    Tengo un montón de interrogantes,pero estoy convencida de que María entregó a su hija con mucho dolor (si es eso lo que pasa con ella...).
    Por muy frío que parezca su oficio,es un trabajo en el que seguramente se sufra más que en muchos otros,por mucho que a María la gustase,y a veces hay que ponerse una coraza y seguir hacia adelante.
    Estoy deseando de saber el desenlace.
    Un saludo

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    1. Buenas noches, Dama.
      Me ha encantado este comentario porque demuestra tu lado más humano. Has acertado en algunas suposiciones, no en otras. Me satisface que te hagas preguntas al respecto de la historia, porque eso quiere decir que algo estoy haciendo bien.
      El desenlace, pronto, muy pronto.
      Gracias por comentar.
      Un abrazo.

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  3. Yo tambièn estoy deseosa de saber más... ¡¡ CUÉNTANOSLO POR FAVOR !! Un personaje muy interesante María....Esa mirada de añoranza , esa sonrisa al vacío, ese suspiro ...trasluce mucho dolor....Expectante estoy!! Besos Arañita

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    1. Hola, Casiopea.
      A mí también me cae bien el personaje. Ya sabes, a veces hay que crear protagonistas odiosos, pero este no es el caso, María es especial.
      La historia continúa, pero antes, hablo de las siguientes semanas, sabremos de la vida de personas reales, igual o más fascinantes.
      Gracias por el comentario.
      Un abrazo.

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  4. Yo también pienso que es una historia muy interesante y que Maria a vivido muchísimas cosas de las cuales algunas quisiera olvidar...otras seguramente las recuerde con mucho cariño,pero lo que me da pena es el sufrimiento que siente al no poder estar con su hija amada a la cual deduzco no pudo mantener a su lado,espero saber muy pronto el desenlace un saludo araña

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    1. Hola, Tere.
      Te sorprenderá el final, seguro. Aunque ahora creas saber cuál es, estás equivocada.
      Sus palabras manifiestan dolor, pero también aceptación y conformidad.
      Gracias por comentar.
      Un abrazo.

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  5. Yo opino lo que todos,la araña nos deja con la miel en los labios, nos quiere tener pegados todo el día a su blog.
    En este se ha olvidado la piel de oveja. Esperaré impaciente la continuación.
    Un saludo a todos.

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    1. Hola, Antonio Gómez.
      ¡Has acertado!, eso pretendo, que estés pendiente de este blog y entres en él como por tu casa.
      La piel de oveja solo aparece en los cuentos prohibidos.
      Gracias por comentar.
      Un abrazo.

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  6. ¡¡¡Que historia la de María!!!, ¿Para cuándo el desenlace?,porfavor que sea pronto.

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    1. Hola, Leo.
      Disfruta del misterio, que también tiene su encanto. Un símil: imagina lo que hay debajo de la ropa, ¿acaso no merece la pena la espera?
      Gracias por los ánimos.
      Un abrazo.

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