19 de julio de 2016

Cuento prohibido. Piano de cola


                                                                       
                                                                       
Toca para mi.
Autor: CS
 
  Jorge es un gran pianista. Un poco inaccesible, como todos los genios, pero con un carisma que ya quisieran para sí muchos personajes famosos.


La primera vez que asistí a uno de sus conciertos, me fijé en cómo algún mechón de su pelo ensortijado le caía indómito sobre la frente cada vez que pulsaba con impetuosidad las teclas del piano. Me parecía un suceso mágico que de aquel aporreamiento frenético saliese algo tan bello.

Al final de cada gala, el grupo de amigos le esperábamos para felicitarle. Sin poder evitarlo, yo me fijaba en sus manos. Dedos finos y largos de uñas cortas y cuidadas, que se cerraban sobre mi brazo mientras me besaba la mejilla y decía con voz ceremoniosa:
-Hola, Laura. Encantado de saludarte de nuevo.
Parecía que Jorge tuviese la temperatura corporal mucho más elevada que el resto de las personas, pues el calor que transmitían sus manos atravesaba la tela y me quemaba, a la vez que ascendía veloz hasta mi cerebro como si me hubiese metido un chute de algo fuerte. Desde allí se procesaba, no sé explicar cómo, y se transformaba en una sensación que bajaba convertida en espasmos por mi columna y anidaba en las últimas vértebras, y ahí se quedaba ese calor junto a un picorcillo agradable que sensibilizaba mi zona más íntima. Imaginaba cómo sería ser acariciada por él, sentir sus dedos abrasadores en vez de sobre la manga del vestido, sobre mi braguita. 

Cuando regresaba a casa, después de cada concierto solía sacar, del fondo del cajón de la lencería, la cajita que contenía el Big, así llamo a mi vibrador, pues a pesar de ser pequeño, es todo un campeón.

Me tumbaba en la cama sin quitarme la ropa interior, me colocaba los cascos para escuchar alguno de sus conciertos, e imaginaba sus dedos recorriendo mi cuerpo. Cuando lograba visualizar claramente a Jorge a mi lado, pulsaba el ON y aplicaba el vibrador directamente sobre la seda. Jugueteaba un buen rato, con la mano que sujetaba el Big aprisionada entre mis piernas como si estas fueran las cuchillas de unas tijeras preparadas para cortarla a la altura de la muñeca. Notaba la humedad que empapaba la tela. Sabía que que una vez que retirase la braga a un lado y lo aplicara directamente sobre el núcleo de mi clítoris, llegaría al orgasmo enseguida.

                                                       
Camino del sur

                                                      

Era mi sueño erótico preferido, pero solo eso, un sueño.

Hasta el pasado mes de junio...

Ocurrió de forma inesperada, Jorge se iba de gira, y los amigos que le cuidaban los gatos, de vacaciones. Estábamos cenando en un restaurante del centro cuando nos pidió el favor a Enrique, mi marido, y a mí. Aceptamos enseguida, yo con demasiado entusiasmo. Me gustaba la idea de tener la llave de su casa y curiosear por todos los lados: entraría en el vestidor, olería su perfume, tocaría sus cosas, me tumbaría en su cama..., y ya de paso daría de comer a los mininos.

El primer día, mi marido se empeñó en que fuésemos los dos y me fastidió el plan. Es tan..., tan..., recto para todo, que ni se me ocurrió husmear por ahí. Se había tomado tan en serio el compromiso, que enseguida me di cuenta de que pensaba seguir personalmente y al pie de la letra las instrucciones de Jorge. Pero yo estaba decidida...

Una tarde, Enrique, que es abogado y viaja mucho, se tuvo que marchar a Logroño urgentemente. Ni que decir tiene que yo aproveché la oportunidad que se me presentaba.

Tras el aguacero que había caído por la tarde, la temperatura había descendido bastante. Cuando aparqué frente a la casa de Jorge, el sonido de mi corazón se parecía al de un bombo golpeado por un puño gigante. La vivienda, a pesar de que no era muy grande, tenía algo que le hacía destacar entre las demás. En la fachada se habían abierto ventanales enormes. Era una casa de cristal. «Jorge quiere que le vean, es un exhibicionista», pensé mientras cruzaba la cancela de la entrada. Los felinos, dos gatazos de pelo largo blanco y negro, que estaban tumbados sobre una alfombra que imitaba la piel de oveja, se levantaron haciendo unos alardes de estiramientos de patas y lomos y se acercaron a mí con intención de dejarme las medias llenas de pelos. Los esquivé como pude y fui hacia la cocina, los dí de comer y cerré la puerta para que no saliesen. No quería testigos.

                                                      
Gatos de pelo



Subí las escaleras hasta el dormitorio; supe que era ese porque olía como Jorge. Tal y cómo había imaginado, dentro del vestidor me metí entre las perchas. Dejé que su ropa me acariciase, cerré los ojos e imaginé que era él quien lo hacía. Después me desnudé y me tendí en la cama. Quise coger el bolso, pues había venido preparada... ¡Mierda!, lo había dejado encima del sofá que había junto a las escaleras.

Según estaba, desnuda, bajé a buscarlo. La tarde era oscura, pero aún se veía sin necesidad de encender las luces. Cuando me disponía a regresar a la cama, con el Big de la mano, escuché el sonido de cascar de nueces que hacía la cerradura al girar la llave dentro de su ojo. Me quedé en blanco, no me atrevía a moverme, ni siquiera a respirar. ¿Sería un ladrón? Jorge había dicho que no volvería hasta el sábado, y estábamos a jueves... No, no podía ser él.

Desde donde estaba, escuché cómo se abría la puerta de la cocina y el maullido alegre e insistente de los gatos. La voz de Jorge sonó alta y clara. A pesar del susto que tenía, mis pezones reaccionaron por su cuenta y se erizaron provocadores.

-¡Vaya!, ¿qué hacen aquí mis chicas encerradas? ¡Oh, sí, sí, sí, ya está aquí papá!

¿Papá?, ¿Jorge les decía a las gatas que era su papá? Esa palabra, papá, me hizo darme cuenta de que no era el divo inaccesible que estaba acostumbrada a contemplar en el escenario. Como estaba pillada hiciese lo que hiciese, me decidí por una maniobra muy arriesgada; a veces soy un poco lanzada. ¡De perdidos, al río!, que decía mi marido cuando no quedaba más remedio que actuar.

Me subí al piano blanco que presidía la sala, me recosté en él como si fuese la Maja Desnuda, y con el pie derecho dí una patadita a un libro gordo de portada roja que se titulaba Luxurius. El ruido se escuchó alto y claro; después se produjeron unos segundos de silencio pesado. La puerta, que permanecía entornada, se abrió del todo y las luces se encendieron. Jorge, que apareció escoltado por las mininas, se quedó tieso. Me miró durante un buen rato, juraría que sin parpadear, y sin decir nada se quitó la chaqueta, se remangó al tiempo que se dirigía a una mesa llena de botellas de licores, y se sirvió medio vaso de un líquido color chocolate oscuro que se bebió de dos tragos. Después se acercó al piano, se sentó y enseguida empezó a tocar. No reconocí la pieza, pero la música me acarició con manos invisibles. Al permanecer la tapa cerrada, el sonido no era tan alto como cuando en las salas de concierto la abrían, pero compensaba con la sensación que notaba de estar flotando sobre intrincadas notas musicales.

Observaba sus manos, su cabeza semiagachada, el sudor que empezaba a humedecer su frente... El ritmo se aceleró más, y más..., las manos, que en ese momento parecían las garras dislocadas de un animal, se deslizaban veloces hacia el clímax final de la obra. Cuando la música cesó, Jorge se puso de pie y bordeo el piano hasta situarse al lado donde estaba mi cabeza. Con sus dedos mágicos agarró mi nuca y me obligó a mirarle fijamente. Noté los estremecimientos conocidos, que me producía su contacto, bajar por mi columna vertebral. Acercó su cara a la mía y lamió mis labios. Noté el sabor dulzón y pegajoso del licor que minutos antes había ingerido. Sin dejar de mirarme, me soltó y se fue para el otro lado, hacia donde estaba mis piernas. Yo respiraba agitadamente, esperaba ansiosa a ver cuál era su siguiente movimiento...

Me agarró del antebrazo derecho, pensé que con intención de tirar de mí, pero no, nada de eso. 
Ni me acordaba del juguetito que permanecía escondido en mi mano como si yo fuese una ilusionista que quisiera hacerlo desaparecer dentro de mi puño cerrado.

Jorge me lo quitó y lo miró como si fuese un espécimen raro.

«¡Joder!», pensaba yo, «¡Vaya metedura de pata, va a pensar que he venido a su casa a hacerme una paja!» Sin embargo, a pesar de la preocupación, ver sus dedazos agarrando mi cacharrito, me volvió loca. Creo que directamente empecé a jadear.


Jorge continuó mirándolo hasta que dio a la palanquita y escuché el discreto sonido del motor. Con los ojos ocultos tras los rizos que le caían sobre la frente, el hombre acercó el Big a mi pubis. Mis piernas se abrieron solas.

-Jorge -dije.
Entonces él me colocó el vibrador en la boca como si fuese un dedo gordo pidiendo silencio. Al notar el cosquilleo en los labios, me encogí como si la caricia hubiese obrado efecto en todo mi cuerpo. Continuó el descenso lento por el cuello, entre mis pechos, vientre, y se detuvo donde empezaba el vello púbico. Su saliva pegajosa en mis labios había dejado un rastro abrasador, pero yo notaba escalofríos.
Dirigió la punta del vibrador primero a la ingle derecha, y abajo, hasta donde mis piernas se juntaba; seguidamente arriba de nuevo y al lado izquierdo. Parecía que quisiese dibujar el triángulo de mi Monte de Venus desnudo. Estaba gozando, y muy excitada, pero quería más, le quería a él. Me incorporé un poco para acercarme y poder acariciarle, pero esta vez, Jorge colocó la punta del vibrador sobre mi pecho, como si sujetase una pistola y me estuviese encañonando. El mensaje era claro: «Aquí mando yo».

Resignada, me recosté de nuevo. Él continuó recorriendo mi cuerpo

y observando las distintas reacciones que la caricia me producía, hasta que por fin noté que dirigía el vibrador hacia mi vulva. Tampoco fue directo en esta ocasión. En vez de aplicarlo sobre mi clítoris, primero se entretuvo en los alrededores evitando el núcleo. Yo estaba como loca, me daban ganas de quitarle el trasto de las manos y acabar de una vez lo que él insistía en prolongar.
-¿Qué coño te pasa? ¿Esto es lo único que sabes hacer? 
Me escuchó imperturbable, detuvo el cacharro, lo dejó a un lado y me agarró de las piernas. Con un movimiento hábil, me giró dejándome con la cara pegada a la tapa del piano. Jorge, después de bajarse los pantalones, se agarró a mis caderas como si estas fuesen el timón de una barca pequeña. Estaba tan dispuesta que se acopló a mi sin necesidad de guiarlo hacia mi entrada. Al momento, me soltó de un lado y volví a escuchar el gruñido conocido de Big, en esta ocasión, a su máxima potencia.
Sin rodeos, Jorge lo aplicó directamente sobre mi zona más sensible. Ensartada y con los calambres que notaba, empecé a intentar trepar por el piano, pero su mano de acero parecía soldada a mi cadera. ¡No podía escapar de aquella trampa! Creo que empecé a dar saltitos. Era tan intenso el placer, que resultaba torturador. Placer de dioses que mata a los humanos..., pensé mientras llegaba un orgasmo detrás de otro..., aunque lo más seguro es que fuese uno solo, pero tan único e irrepetible como la melodía que aquella noche jorge tocó para mí.

Bien guardada, la llave de su casa reposa en uno de mis cajones secretos. A día de hoy, las felinas me adoran.  
   
                                                                     
Melodía de seducción











16 comentarios:

  1. ¡Sabía yo que esta historia,tratándose de pianos me iba a gustar,y si es tocado por un buen pianista mucho mejor!
    Que sensual me parece la decisión de Laura de ponerse desnuda encima del piano...me quedo con la frase "de perdidos al río",yo también la he utilizado en alguna ocasión.
    Me ha encantado el relato, aunque me vuelves a dejar intrigada con el final. ¿Que relación hay entre Jorge y Laura después de ese día? Si se siguen viendo,¿que ha pasado con Enrique?
    Seguiré pensando en los posibles finales...
    ¡Buenas noches a todos!

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    1. Hola, Dama.
      ¡Qué bien que te haya gustado!
      Me inspiró la historia el boceto de un dibujo. A veces hay imágenes que dejan alguna huella, y aquí esta el resultado.
      La frase que mencionas es casi una filosofía de vida en mi casa; me encanta aplicarla de vez en cuando.
      Enrique sigue a lo suyo. Y a ella le gusta la música...
      Piensa solo en el momento y deja que la vida te sorprenda.
      Gracias por el comentario.
      A pesar del calor que dan: abrazos.

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    2. Dama87 que habrás hecho para tener que utilizar la frase " de perdidos al río"? Muchos "pianistas" habrás conocido. CUENTA, CUENTA, CUENTANOS TUS HISTORIAS

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    3. Dama87 que habrás hecho para tener que utilizar la frase " de perdidos al río"? Muchos "pianistas" habrás conocido. CUENTA, CUENTA, CUENTANOS TUS HISTORIAS

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  2. Menuda historia vaya vaya con Laura como se las gasta a la mínima oportunidad que se le presentó la aprovechó sin miramientos,cualquier persona habría salido pitando.Deduzco que siguieron viéndose pero y su marido?espero que nos lo desveles en otro relato, un saludo

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    1. Buenos días, Tere.
      Laura era una mujer pasional que admiraba al pianista tanto como a la música que sus manos producían...
      Opino que cuando no hay salida, como en el caso de Laura, lo mejor es dejarse llevar por la intuición y el instinto.
      Además, se salió con la suya.
      El marido..., pues supongo que seguirá ocupado en Burgos.
      Gracias por la visita.
      Un abrazo.

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  3. Tienes toda la razón,una imagen vale más que mil palabras,y a veces un simple gesto o una mirada pueden llegar a transmitir mucho más que cualquier palabra,por bonita que sea. Por eso me gusta mucho cuando en algunos de tus relatos,los protagonistas se entienden a la perfección sin mediar palabra.
    Espero que sigas atenta y observando al detalle todas las escenas o imágenes que puedas para que sigas deleitándonos con tus historias.
    Un beso.

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    1. Las imágenes son una fuente para la creatividad. Son muchas las veces que una fotografía puede inspirar una historia increíble. ¿No te ha ocurrido alguna vez que, cuando una te llama la atención, desearías saber más sobre las personas que aparecen en ella?
      Soy observadora por naturaleza, así que espero que esa facultad, tan útil para la escritura, no desaparezca.
      Respecto a la fuerza de las miradas..., los ojos tienen su propio lenguaje, como unos labios que vocalizasen sin emitir sonido.
      Colecciona miradas, verás que es muy gratificante.

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  4. Y Enrique en Logroño...
    No quiero ni pensar en encontrarme a la persona que me riega las plantas cuando me voy de vacaciones (no en el piano, por que no lo tengo) pero por ejemplo en la mesa del salón ahí en plan dispuesto....aaaaaahhhhhh por diossss Atalaya, controla esa mente!!!!
    Buen relato Araña.
    Lo de las felinas, no se yo. Con lo territoriales que son aceptarla tan de buena gana cuando una extraña las quita tiempo de estar con su "papi", y encima las encierra en la cocina, yo que Laura no las perdería de vista no sea que la pongan el culo de arañazos "minino".
    Gracias Araña por otro buen rato.

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    1. Hola, Atalaya.
      ¡Vaya preocupación que os ha entrado a todos por Enrique!, quien, efectivamente, estaba en Logroño, no en Burgos. Le he teletransportado de un comentario a otro, ¡para que veamos la magia de la escritura!..., y los despistes de la que suscribe,jjjj.
      ¡Contrólate, que no quiero ser responsable de..., de..., lo que sea! Además, seguro que el jardinero no se cuida tanto las manos como un pianista...
      Mi experiencia con la gata es la siguiente: cuando viene una visita, la tía se pone boba y me es infiel. Me ignora. También le gustan las alfombras...
      Gracias a ti, siempre es un placer contar con ese toque de humor tuyo.
      Abrazos.

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  5. Buenas tardes.
    Yo opino que pobre Enrique, que estaba trabajando sin enterarse de nada, y mientras su mujer con el pianista. Lo que hace tener la mente desocupada.Me ha gustado el relato.
    Un saludo a todos.

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  6. Hola, Antonio.
    Muy desocupada no tenía la mente, de hecho yo creo que Laura, visto cómo planea la acción, elucubra mucho.
    Voy a tener que contaros lo que hacía Enrique en Logroño..., además de trabajar.
    Me alegra que te haya gustado.
    Abrazos.

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  7. ESE PIANO!!!!!Un concierto así demuestra que todos los sentidos pueden ser excitados interna y externamente, con sensaciones propias,el olfato el olor específico de Jorge, los ojos la luz, los oídos el sonido y de Big ni hablamos y quien dices que es ese tal Enrique?. Me encanta

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  8. Buenos días, Azul.
    Eso digo yo, ¡qué piano!
    Desde mi punto de vista, el Big es el tercer protagonista, ¿no crees?
    La pasión se viste con todos los detalles que apuntas, que en conjunto, son letales para la voluntad de las personas.
    Creo que Enrique, por unanimidad, se ha ganado un post en este blog. Veremos qué está haciendo en Logroño.
    Gracias por comentar.
    Con o sin "música", feliz fin de semana.

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  9. Buen relato....pero yo tampoco creo que Enrique se chupe el dedo...abogado..y viaja mucho ...no sé, no sé...Me ha parecido una historia cargada de muchas escenas de sensualidad y erotismo ...
    Me ha gustado mucho y como siempre algunas de las historias se me quedan cortas!!! Quiero más!!! BESOS

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  10. Buenas tardes, Casiopea.
    Que Enrique no se chupe el dedo, lo habéis decidido vosotros, y vuestros deseos son órdenes. Estoy buscándole hotel..., en Burgos.
    Los músicos inspiran mucho, y los pianos, ni te cuento. Además, la cama, la mesa de la cocina, etc, están muy vistas, mejor probar otras superficies.
    Gracias por el comentario.
    Besos.

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