7 de julio de 2016

Uñas de gata



                                                                               



                                                   Parte I 
                                                   

                                                             El cuaderno rosa           


     Existe un mecanismo en nuestra mente que nos impulsa a actuar para reproducir los momentos dichosos de nuestra vida. Podría considerarse una droga de la felicidad cuyo compuesto principal son los recuerdos: lugares, situaciones, olores y colores.


Hoy, después de salir de la consulta de Erika, mi psicóloga, me dirijo a la primera librería que encuentro. Necesito comprar un cuaderno para acometer la tarea que me ha encomendado. Escribir durante un año una especie de diario en el que anotaré todo lo que me suceda y que no revelaría ni a mi mejor amiga: sentimientos, impresiones y anhelos inconfesables. Así transformaré las hojas de papel en algo parecido a un muro de las lamentaciones.
El calor me asalta nada más abrir la puerta del local. Tengo que quitarme la bufanda porque su contacto me agobia. En cuanto libero mi cuello empiezo a sentirme cómoda. El olor de las librerías siempre me ha gustado, lo encuentro acogedor porque me recuerda al despacho de mi padre. Mi olfato detecta enseguida la cera de los muebles de madera, el papel, el cuero, y una extraña imprimación que se produce a consecuencia de la mezcla de efluvios de los que estamos aquí. 
Al pasar junto al espejo que hay en la entrada, me paro frente a la imagen que refleja. Estoy pálida y tengo los ojos demasiado abiertos, como si estuviese asustada. No pasa nada, me digo, solo voy a comprar un cuaderno.
Los cuadernos, libretas y diarios están colocados de forma estratégica para atraer la atención de los clientes. Me gusta la disposición por colores. Empezando por mi derecha, primero están los blancos, seguidos de los de color marfil y amarillo pálido. A continuación, distingo los distintos tonos de rosa, verde (lima, hierba, botella) y azul (cian, marino y turquesa). Y, por último, en la escala de saturación, los morados y los negros. Tras estos, una amplia gama de estampaciones hace llamativas algunas tapas  con dibujos geométricos, étnicos, personajes conocidos o desconocidos... La elección, mi elección, hubiese sido difícil de no haberme saltado una especie de resorte capaz de activar la máquina del tiempo que todos llevamos dentro; mejor dicho, la máquina de los recuerdos. Cuando me he querido dar cuenta, mi vista se había inundado de color rosa.
El diario que mi amiga Pilu me regaló el día que cumplí catorce años era de ese color. Cuando rasgué el envoltorio y lo contemplé entre mis manos, me pareció el objeto más hermoso del mundo. Ni siquiera la bicicleta de mi abuelo o el colgante del delfín me gustaron tanto.
Las tapas de aquel diario eran duras, de un rosa vibrante; mi hija lo llamaría rosa chicle. En la parte inferior derecha, en letras doradas, se leía: Mi diario. Para sujetar las hojas y proteger la intimidad de los futuros secretos tenía un candadito minúsculo como pieza central; este unía dos argollas que sobresalían de sendos escudos troquelados que remataban las tapas superior e inferior. Pero lo mejor fue cuando, tras coger el diario, en el fondo del papel que iba a desechar después de hacerme con el tesoro, encontré un pequeño sobre blanco. En su interior estaba la otra parte del regalo, una cadena con una diminuta llave dorada. La parte superior tenía forma de trébol de tres hojas tallado con relieves y vacíos. Sobre la palma de mi mano brillaba a la vez que reflejaba la luz de la lámpara del techo, La superficie era tan lisa que si movía la pieza un poco actuaba como un espejo, capturando los colores que la rodeaban, aunque predominaban los reflejos verdosos que emitía desde dentro. No me cansaba de mirarla. Su peso era tan liviano que casi me parecía un objeto mágico. La cadena, que colgaba entre mis dedos pulgar e índice, se deslizaba provocándome un agradable cosquilleo. En cuanto me quedé sola comencé a escribir con letra clara y recta, un poco envarada para lo que era entonces mi caligrafía.
 Al principio lo consideré un deber. Tan en serio me tomé la tarea que anotaba todo lo que me sucedía, desde que me levantaba hasta que apagaba la luz para dormir. Con el paso del tiempo fui relajando la costumbre, y al final solo lo hacía de vez en cuando, si ocurría algo importante. Entre sus páginas se escondieron las miradas imaginadas y las reales; las rupturas, las desilusiones e ilusiones también. Dejé de escribir cuando aún quedaban unas pocas páginas en blanco. Lo guardé mucho tiempo. Después la llave perdió su brillo y el baño dorado descubrió un corazón gris sin  ningún atractivo. Me hice mayor y comprendí que lo que esas hojas recogían no tenía valor, pues no era más que un conjunto de anécdotas adolescentes.
Supongo que en el desván de mi madre, en alguna caja atestada de libros de texto, descansará mi primer y único diario.
Hasta hoy.
En la librería, las yemas de mis dedos recorren el arco iris rosado como si estuviese tomando la temperatura a los objetos. Creo que lo que de verdad deseo es percibir alguna señal que me indique cuál de ellos es el cuaderno que necesito.
Dudo entre varios, Por un momento pienso que tal vez sería conveniente comprar tres o cuatro. Al final me decido por uno que, además de ser rosa chicle, lleva dibujado un corazón violeta en el ángulo inferior derecho. No tiene candado, no lo podré cerrar, a pesar de que lo que voy a escribir debería estar bajo llave, incluso para mí.
 La lluvia intensa convierte el camino de regreso en un caos de humedad y frío. Además hace un viento insufrible que pretende colarse conmigo cuando entro en el portal. Cierro con decisión para dejarlo fuera. Siento el calor que me recibe amable en el primer rellano de la escalera. Estoy en casa.
Entro en mi dormitorio derecha al buró que me regaló mi abuela Pepa. Es antiguo, perteneció a su padre. Sobre él brillan un espejo y un cepillo, ambos de plata. Los hago a un lado para colocar mi cuaderno rosa. Antes de abrirlo lo acaricio. No sé cómo llamarlo, no es un diario personal. Quizá cuaderno de impresiones, cuaderno de autoconocimiento, cuaderno de anotaciones de estados de ánimo...o, simplemente, consolador mental.
Cuando Pilu me regaló el diario, lo primero que hice fue anotar mi nombre y circunstancias, así que decido hacer lo mismo ahora. Después ya dejaré que fluyan las ideas; ese es el consejo que me ha dado Erika. Fluir.
Me llamo Rosa Alanes. Tengo cuarenta y tres años y, aunque vivo rodeada de gente, me siento sola. Son muchos los que están pendientes de mí, pero eso no me basta, no me sirve de consuelo, más bien acentúa el malestar que me aqueja. Podría haber empezado por decir que soy una enfermera eficiente; o que tengo dos hijos más o menos maravillosos, dependiendo del día y de las eventualidades, y una gran familia con la que mantengo una relación amor-odio a partes iguales. Sin embargo comienzo hablando de mi soledad. Me pregunto si acaso Erika pretende que llene mi vacío escribiendo no sé muy bien el qué en mi nuevo diario rosa.
Decido comenzar la tarea que me ha encargado mi psicóloga de una vez por todas. ¿Cómo hacerlo? Dicen que, para los escritores, la primera página es siempre la más difícil. Está bien. Mi reto es confesar lo inconfesable: lo mucho que le echo de menos. A pesar de que hace seis meses que duermo sola, aún no me he acostumbrado. Ni la tisana relajante que me tomo cada día antes de meterme en la cama hace el mismo efecto. Añoro el calor que desprende su cuerpo a mi lado, su olor, su sonido... Me hago la fuerte, la digna ante todo el mundo. Yo he sido la que ha puesto las condiciones, les repito a ellos y a mí. Pero la verdad, lo que en mi interior peno, eso, solo lo sé yo. Y, ahora, este cuaderno rosa. 
 Lo más curioso de todo es que esta gran hecatombe ha ocurrido cuando más segura estaba de que mi vida era una armónica sucesión de días, sin imprevistos ni sorpresas. Pensaba que Luis y yo llegaríamos juntos a la vejez porque estábamos hechos el uno para el otro. Nada podría separarnos. Cuando mis amigas me decían lo afortunada que era, yo sonreía orgullosa porque sabía que tenían razón. Luis era el mejor hombre que podía haber elegido para mí. Todo el que lo conocía, le respetaba por su madurez y seriedad. Tenía unas convicciones tan firmes que al escucharle hablar de valores adquiría la fuerza de un gran líder. Ahora me doy cuenta de que esa faceta suya era de doble filo.
No me puedo creer que lleve varios párrafos escritos y solo hablen de él. Sí, todavía le quiero. Por supuesto que sí. Aunque no lo admitiré jamás en voz alta. Un diario no tiene lengua, es mudo. Además nadie sabe de su existencia. Excepto Erika claro, que es una profesional y no tiene una relación conmigo fuera de la consulta. Así que no problem, no hay de qué preocuparse. Puedo seguir escribiendo tranquila. 
Esta mañana, antes de ir a comprar el cuaderno rosa, mi hijo mayor, también Luis, mi futuro ingeniero, el ojito derecho de mamá (otra cosa que no admitiría ante nadie) ha desayunado conmigo. Es imposible no pensar en su padre cuando le miro. ¡Se parecen tantísimo! Guapo, atlético, buena gente, cariñoso, responsable... Vamos, el sueño de cualquier madre. Claro que mi exmarido también era el sueño de cualquier mujer. ¡No, no, no y no! No voy a permitir que se vuelva a colar su presencia y empañe el concepto que tengo de mi hijo.
 Tampoco permitiré que me amargue el amable recuerdo de unos minutos valiosos y agradables, escuchándole contar anécdotas de la universidad y de los trabajos que está realizando; la mayoría lejos de mi comprensión, aunque eso es lo de menos. A pesar de que también soy de ciencias nunca he sentido esa curiosidad innata en él por conocer el interior de las cosas. Aún recuerdo el año que los reyes magos le trajeron un coche teledirigido. Mientras los mayores (padre, tíos y abuelo) se entusiasmaban con el dichoso cacharro, Luis no hacía más que observar los bajos del coche. Yo sabía perfectamente lo que estaba pensando. Así que al día siguiente, cuando para sorpresa de todos el niño destripó el juguete, yo ni me inmuté. Es más, me pareció maravilloso. Tenía entonces ocho años. A los doce era capaz de montar y desmontar el coche y otros artefactos con gran habilidad.
Adoro a mi hijo. Tal cual es. Por supuesto que no me gustaría que se pareciera tanto a su padre como para hacer sufrir a una esposa entregada. Sin embargo, también pienso que si eso llegara a ocurrir, Luisito seguiría siendo quien es y yo seguiría queriéndole. He hablado con mi suegra muchas veces sobre este asunto. Y como ella dice: «Un hijo es un hijo». 










                                                               

14 comentarios:

  1. Te pediría más,más y más, pero esta vez no, porque tengo tu libro. Mi tesoooro el libro es miooo

    ResponderEliminar
  2. Hola, Leo.
    Claro que es tuyo. Salió al mundo, ya no está con su mami. Voló...
    Gracias
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  3. A mi me encanta,este capítulo ya le dejé atrás,y animo a todo el mundo a que lo lea porque no deja indiferente. Yo ahora mismo me pongo a ello que aunque se me cierren los ojos de sueño,no puedo irme a la cama sin leer unas páginas de "uñas de gata".
    Buenas noches!

    ResponderEliminar
  4. Buenas tardes, Dama.
    Cuando un libro me engancha, me lo llevo a la cama; ¡genial que hagas lo mismo con Uñas de Gata!, eso significa que no te está dejando indiferente.
    Muchas gracias por tu visita.
    Abrazos.

    ResponderEliminar
  5. Buenas noches a todos. Yo me leído ya el libro. Solo voy a decir que me ha gustado mucho y que lo volveré a leer para ver si me he dejado algo por ahí pendiente.
    Las escenas de la azotea buenísimas.
    Un saludo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Me alegra mucho que te haya gustado la novela, y que me digas que piensas volver a leerla, más.
      La azotea suele gustar a todo el mundo... ¿Por qué será?
      Muchas gracias por comentar.
      Feliz fin de semana.

      Eliminar
  6. Ay araña...creo que acabo de cometer un tremendo error comenzando a leer, yo no quería, de verdad, pero no he podido resistir la tentación. Soy débil lo confieso.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Buenos días, Atalaya.
      No creo que seas débil, sino más bien curiosilla. Me alegra mucho que hayas leído este primer capítulo y por fin hayas conocido a Rosa en acción: hablando de ella y no de otros personajes. Creo que una de las virtudes de la protagonista es que tiene una voz muy sincera; por eso te ha de gustar.
      Gracias por entrar.
      Un abrazo.

      Eliminar
  7. Yo ya me lo he leído y ENGANCHA!!! Lectura recomendada para el verano!!..., y para el otoño , invierno o primavera...y si tienes que hacer algún regalo a alguna amiga que le guste la lectura... quedaréis muy bien!!! .Yo ya he regalado dos y están enganchadas...(y eso que no han llegado a la azotea...jejeje )...

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias!!!!!, Casiopea.
      Menuda promoción me estás haciendo, me río yo de campañas publicitarias. No cambiaría tus palabras por las de ningún profesional del ramo, te lo aseguro.
      Me alegra mucho que el regalo haya gustado.
      Respecto a la azotea..., uuuh!, no volveremos a contemplar esa parte de los edificios de la misma manera después de la experiencia..., vamos a dejarlo ahí, que no quiero hacer spoiler.
      Gracias, por todo.
      Abrazos.

      Eliminar
  8. Buenos días arañita este fin de semana me he echo con tu libro el sábado por la noche con una buena taza de café y a devorar sus paginas
    He norabuena

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Buenas tardes, Set.
      No es mal plan: una taza de café acompañada de Uñas de Gata, como si el libro fuese un dulce rico, rico...
      Un abrazo y hasta pronto.

      Eliminar
  9. Ya estoy enganchada y sólo me he leído este capítulo.....dentro de unos días tendré el libro en mis manos....que ganitas...

    ResponderEliminar
  10. Buenas tardes, Abril.
    Espero que cuando te adentres en la historia, página a página, te quedes prendada de algunos de los personajes que aparecen; algunos son muy sabios, y otros muuuuuy atractivos...
    Gracias por entrar.
    Abrazos.

    ResponderEliminar