31 de octubre de 2016

Cuento prohibido: La puerta de las siete cerraduras.

                                                    
El científico


Justino se había mudado unos meses atrás al pueblo de su familia paterna, a los pocos días de morir su padre. Su madre no había tenido otra alternativa, pues de repente se había quedado viuda y con un montón de deudas de negocios que su marido no había sabido gestionar.


Al principio odiaba la idea de dejar Madrid. Se pasó todo el trayecto en tren refunfuñando, sin compadecerse de su madre llorosa. No tenía ni idea de quién era ese tío misterioso, llamado Juan, al que su padre, en vida, se refería como: "ET". Sabía que había querido ser científico, y que en su juventud había estado muy cerca de conseguir la fama por una investigación sobre las atrofias nerviosas, de origen desconocido, que causaban la inmovilidad de algunas partes del cuerpo humano. Sin embargo, un día como cualquier otro, lo dejó todo y se encerró en el caserío de sus padres difuntos, que llevaba cerrado veinte años. 

Justino cambió de idea en el momento que el taxi entró por la puerta que daba a la finca de los abuelos. Aquello era inmenso, incluso había un río donde, según explicaba el taxista, había muchos peces. El muchacho, gran aficionado a la pesca, estaba deseando bajar del coche para preparar sus aparejos.

Los recibió un hombre muy raro, que dijo ser el secretario de su tío y llamarse Antón. Les mandó pasar y acomodó en sus habitaciones respectivas a la vez que les informaba de las costumbres del tío Juan.

A las dos en punto, la madre y el hijo estaban en el comedor. Antón, que estaba acabando de poner la mesa, les indicó en qué lugar tenía que sentarse.

El tío Juan no tardó mucho, pues no pasaba un minuto de la hora acordada cuando hizo acto de presencia. Fue entonces cuando Justino comprendió porque su padre le había apodado ET.
Bajo de estatura, poco pelo, ojos redondos que ocupaban media cara, casi desnarigado y con los labios que parecían el pico de una gallina, su tío parecía un extraterrestre.

Al contrario que su padre, el hombre no sonreía nunca. Con cuatro palabras solucionó el saludo de bienvenida. Comieron en silencio y apenas hubieron acabado los postres, se puso de pie, se sacudió las migas del pantalón y salió por la puerta.


Abra Cadabrá
                                                    
Por la tarde hubo tormenta, así que Justino no pudo ir a pescar. Para no aburrirse, se dedicó a inspeccionar la casa.
La vivienda era inmensa y además tenía una buhardilla con una buena tanda de cachivaches raros. Sin embargo, no fue esto lo que llamó la atención del muchacho, sino una puerta diferente de las demás situada al final del pasillo del segundo piso, al lado contrario de la escalera que subía a la bajocubierta. Puede que fuese tan antigua como las otras, pero en lugar de una cerradura, esta tenía siete, una debajo de la otra y, al parecer, todas diferentes. Iba a mirar por el ojo de la superior, cuando a sus espaldas escuchó la voz de Antón.
-No deberías estar aquí, muchacho, si no quieres ver enfadado a tu tío.
-Lo siento, señor -se disculpó mientras notaba que su cara se incendiaba.
-Tienes la casa entera para fisgar, pero esta habitación está prohibida a todos. Jamás ha entrado nadie que no fuese el propio don Juan. ¿Lo has comprendido?
-Sí, señor, no volveré a acercarme a esta puerta. Pero..., me gustaría saber qué hay detrás.
-Nada que te interese. Vamos, retírate antes de que tu tío te escuche y sepa que andas espiándole. 
Al día siguiente y durante todo el verano, el muchacho se dedicó a la pesca y ni se volvió a acordar de la puerta de las siete cerraduras. Cada día regresaba a casa con el cesto lleno de peces, que su madre limpiaba y guisaba para deleite de todos. Incluso podía permitirse la generosidad de devolver al río las piezas más pequeñas de veinte centímetros. Estaba encantado con la vida que llevaba.

No fue hasta el otoño cuando la curiosidad volvió a picarle...
Llovía tanto, que el caudal del río empezó a subir al mismo tiempo que se aceleraba la corriente y el agua tomaba prestados los colores del invierno, que se había adelantado aquel año.

Por las mañanas iba al instituto, pero por las tardes no tenía nada que hacer una vez acabadas las tareas. Empezó a estudiar las costumbres de su tío, pues después de dos meses había comprobado que solo salía de ese cuarto para comer. 

Se propuso que, a la menor oportunidad, averiguaría qué escondía el tío Juan tan celosamente bajo siete cerraduras. Sin embargo, el tiempo pasaba y la ocasión no se presentaba. Hasta que un día...

Eran las dos y veinte de la tarde, en el comedor, atendidos por Antón, comían un guiso de carnero con setas recogidas del bosque por su madre, cuando su tío se atragantó. Justino vio cómo de repente se llevaba la mano a la garganta y con los ojos muy abiertos empezó a gesticular y golpearse el pecho. Su madre y Antón lo intentaron todo: le palmearon la espalda, le metieron los dedos en la boca..., a pesar de lo cual, su tío estaba cada vez más morado. Desesperado por la falta de aire, el hombre se puso en pie, no dio más de dos pasos porque tropezó. Al hacerlo, el champiñón, que se había quedado encajado en la tráquea, salió disparado como un proyectil hacia adelante. El tío Juan tomó una bocanada de aire e intentó hablar como pudo. Estaba aturdido y le dolía el pecho. La madre llamó a urgencias, minutos después, la ambulancia estaba allí. Le desnudaron y le colocaron un camisón abierto por detrás antes de ponerle el oxígeno y llevárselo para un examen más exhaustivo. La madre y Antón fueron con el coche detrás de la ambulancia, Justino se quedó solo en casa...

Con el susto que se había llevado, ni siquiera se acordaba de la puerta misteriosa hasta que al recoger las ropas de su tío, del bolsillo del pantalón cayó al suelo un llavero con siete llaves parecidas. Consciente de que era una oportunidad única de despejar el misterio, dejó todo como estaba y subió las escaleras.

Delante de la puerta se notó nervioso, tal vez también algo asustado, pero la curiosidad era tan grande, que al final, una detrás de otra, fue introduciendo las llaves en las respectivas cerraduras. Estaban colocadas por orden, así que no tardó mucho.

Abrió despacio, le temblaban las manos al empujar la puerta, y mucho más al buscar el interruptor de la luz en la oscuridad. Cuando por fin lo pulsó, en el techo se encendieron un buen número de fluorescentes que proporcionaban una luz muy blanca. Ante sí, contempló sorprendido un montón de estanterías colocadas en paralelo y con un pequeño espacio para pasar entre ellas. Estaban llenas de lo que parecían tarros de cristal variados, cajas, libros, tubos de ensayo..., aquello se parecía al laboratorio de química del instituto.

Intrigado por el contenido de las vasijas, caminó decidido hacia el pasillo central. Los recipientes eran parecidos a los que usaba su madre para las conservas solo que, la mayoría, eran mucho más grandes. Dentro, masas informes estaban suspendidas en líquidos de distintos colores. 


El experimento
Fuente Pixabay
                                                 
Siguió su inspección ya más tranquilo, cuando de pronto, ante sí aparecieron unos ojos que le miraban desde dentro de uno de los botes. Se echó hacia atrás con tanto ímpetu, que chocó con la estantería que tenía a su espalda y a punto estuvo de provocar un desastre. 

Se giró, para ver si algo se había descolocado. Se dijo que se había asustado por nada, esos ojos serían de algún animal... a fin de cuentas su tío era científico... Todo esto iba pensando, cuando distinguió, flotando en un líquido amarillento, una mano...¡humana!

Se llevó la suya propia a la boca para ahogar el grito que estaba a punto de emitir. ¿Qué estaba haciendo su tío? ¿De quién eran esos ojos y esa mano? La curiosidad le pudo y continuó revisando el contenido de los frascos. Allí había muchos miembros amputados a distintos niveles, incluso encontró un brazo entero, que por el tamaño parecía de mujer. También había animales y varios cráneos humanos colocados por tamaños.


Lo que queda del ayer
Fuente: Pixabay
Desde fuera de la casa, nunca hubiese podido imaginar que aquel cuarto fuera tan grande... Después recorrer la primera estantería, giró para continuar con otra, cuando al fondo de la habitación, tras una mampara de cristal, distinguió una luz azulada. ¿Qué sería aquello?


Sexo conectado
                                                     
Una esfera, aproximadamente el doble del tamaño de una cabeza humana de adulto, contenía en su interior lo que parecía una tormenta en miniatura. Los rayos que emergían del centro del objeto se expandían hacia los lados y desaparecían al tomar contacto con el cristal. Por detrás de la bola salían unos cables conectados a una caja, también de paredes de cristal, situada un poco más abajo. Dentro de ella había algo que no conseguía identificar, así que se acercó a mirar. Ya nada podía sorprenderle, ¿o sí?

Como si estuviese flotando dentro de la urna, Justino vio algo increíble: un sexo femenino, con la vulva expuesta como si se tratase de una extraña flor carnívora, parecía palpitar allí guardado.

Al muchacho le pareció hermoso, nunca había visto uno de cerca, así que intrigado se acercó dispuesto a apreciar la anatomía de la mujer que tantas ganas tenía de ver en directo y no solo en fotos guarras.

Tuvo que agacharse un poco para ponerse frente a la abertura. Desde donde estaba podía apreciar el color rosado de la mucosa que lo tapizaba cubierto de diminutas gotitas, como si fuese un pétalo de rosa bañado del primer rocío de la mañana. Se sintió atraído y acercó un poco más la cara a la urna. La primera vez creyó que lo había imaginado, así que se retiró y volvió a aproximarse de nuevo. ¡El sexo se movía como si hubiese detectado su presencia! 

Justino movió la cabeza a un lado y a otro, como si negase, y el orificio estrecho de la vagina se dilató y volvió a cerrar, al mismo tiempo que, como si estuviesen aplaudiendo, los labios se juntaban y separaban. El color rojo se fue incendiando y un botoncito, que al principio era nacarado, se abultó hasta parecer una concha marina lisa y brillante. 

Justino no podía estarse quieto. Levantó las manos y las situó frente al sexo interactivo. Al igual que un director de orquesta, empezó a realizar movimientos sinuosos, cada vez más complejos. Estaba..., fascinado, enloquecido por aquel descubrimiento. Gozoso veía danzar ante sí a la intimidad más bella que hubiese podido soñar.
Parecía que comprendiese lo que él deseaba, de hecho, nunca se había sentido tan importante. El sexo era su esclavo en miniatura. Era inteligente, sabía interpretar lo que le ordenaba como si tuviese ojos..., claro que bien pensado..., la esfera que encerraba los rayos, y los cables que la conectaban con la urna, bien podría tratarse de un cerebro y sus conexiones nerviosas, lo había estudiado en biología hacía poco. Sí, sin duda de eso se trataba.

Cada vez más enfervorecido, Justino detuvo los movimientos de sus manos y abrió la parte delantera de la urna. El sexo se detuvo expectante. El chico acercó el dedo índice de la mano derecha a la abertura, que cual boquita de un pez, se abría y cerraba, como si le lanzase besitos... 
                                                    
Sexi amarillo


Notó una poderosa succión que no cesó hasta que el dedo estuvo enterrado bien dentro. Parecía que hubiese sido engullido por aquel sexo glotón. La sensación, parecida a tenerlo rodeado de crema pastelera caliente, se acompañaba de un movimiento de apretura y relajación continúo.

Y así estuvo un rato, fascinado por la cosquilla que sentía en la piel sensible del dedo. Notaba cómo corría por su brazo y, una vez en el hombro, se desperdigaba por todo su cuerpo, como si todo él estuviese dentro de aquel estrecho agujero mágico.

Después de un rato, sacó el dedo que estaba impregnado en una especie de sustancia transparente y pegajosa. Al ir a limpiarse en el pantalón, se dio cuenta de que tenía una erección.
«Vaya, pensó, tendré que hacerme una paja».
Como si de un entrenamiento constante se tratase, estaba acostumbrado a masturbarse dos veces al día: mañana y noche. No le llevaba mucho tiempo, y así estaba más tranquilo y se concentraba mejor en los estudios.

Iba a cerrar la tapa, cuando la vagina flotante empezó a dar saltitos, inquieta.


-¿Y a ti qué te pasa ahora? Una pena que no puedas hablar. No sé cómo ayudarte...
 La revelación fue brutal. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Incluso, si se ponía de pie, la altura era la adecuada para...


Justino se bajó los pantalones hasta los tobillos. Se agarró el miembro que estaba "a toda máquina" y lo acercó al sexo despacio, tal cómo un rato antes había hecho con el dedo.

La succión fue mucho mayor que la de antes. Acabó con la pelvis pegada a los bordes de la caja de cristal al desaparecer su pene dentro de la vagina succionadora.

Tuvo la impresión de que aquel túnel giraba alrededor de su miembro, al mismo tiempo que lo amasaba con movimientos blandos y lúbricos.

El proceso de masturbación completo solía durar cuatro minutos, más o menos, lo sabía porque su amigo Jorge y él se habían cronometrado durante la faena, pero aquel día no aguantó ni la mitad.

Con flojera de piernas, se apartó del sexo feliz y, después de guardar de nuevo el arma dentro del calzoncillo, se subió el pantalón. Se agachó para despedirse y observó fascinado cómo una lenguecilla pequeña salía de la vagina y se relamía. Poco a poco, el color rojo se fue suavizando... Justino tuvo la sensación de que esa cosita deliciosa se había dormido.

Iba a salir ya de la habitación, cuando en una estantería divisó un trapo rojo que se movía levemente, por la forma, parecía que debajo hubiese otra esfera, en esta ocasión cubierta. De nuevo la curiosidad fue más fuerte que la prudencia y se acercó. Los movimientos eran tan suaves, que incluso podría haber sido una corriente de aire.

Agarró la tela de una esquina y, de un tirón, descubrió el objeto que había debajo.

El pelo negro era muy largo, y caía en suaves ondas enmarcando el óvalo de su cara. 
                                                      
Boca sensual



La cabeza gesticuló husmeando el aire y abrió los ojos. Justino sintió que aquella mirada verde le reconocía. Lo supo sin más. 
-Hola, dijo con timidez, encantado de verte la cara.
Entonces la cabeza abrió la boca y una lengua muy roja se paseó por unos labios no menos rojos. 
Justino, al contrario que antes, supo lo que tenía que hacer.  


Imagínate
                                                       

¿Te atreves a pronosticar lo que ocurre a continuación?



13 comentarios:

  1. Bueno días arañita
    Bueno visto lo visto supongo que le planta un beso
    Buen pos un poco macabro por eso de la necrofilia yo no lo veo.
    patas para que os quiero ni dedito ni nada y menos besar una cabeza

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    1. Buenos días, Set.
      De beso, nada de nada. He dejado una pista de lo más elocuente en la última foto. Fíjate bien en la imagen: Una boca y una zanahoria. En sentido metafórico...
      Veo que te ha dado un poco de yuyu, me alegro, de eso se trataba, de despertar una sensación de atracción-rechazo.
      Bien, guarda tu dedito..., por si acaso.
      Gracias por comentar.
      Un abrazo.

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    2. Mira que eres pillina pues no me fige en el detalle de la foto @ @
      O

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  2. Buenas tardes a todos.
    Yo no metería nada por si acaso porque esas cosas pueden pegar un bocado y dejarle a uno sin la cosa; y yo a la mía la tengo mucho aprecio.
    Muy buen post, muy divertido.
    Un saludo.

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    1. Buenos días, Capricornio.
      ¡Hombre precavido!, ¿acaso no sabes que a veces hay que arriesgar?
      Sí, supongo que tienes mucho cariño a tu COSA. Nunca había escuchado este nombre para referirse a un pene. La palabra COSA me recuerda al monstruo verde de las películas que era una mutación humana. En fin, estoy divagando..., lo que ocurre es que tu respuesta me ha sorprendido.
      Sigue cuidando con cariño a tu mayor tesoro.
      Gracias por el comentario.
      Un abrazo.

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  3. Menudo post,esta vez te has superado era casi un mini cuento que se corta en el momento más interesante,seguro que esa cabeza va dar mucho juego pero prefiero que sigas tú la historia y pronto que tengo ganas de saber como acaba.Un saludo

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    1. Hola, Tere.
      No, no, no, el final será el que tú imagines. Te dejo una pista en la última foto: boca-zanahoria. La imaginación del lector debe continuar activa después de leer el post. Solo te diré que, a buen seguro, el protagonista quiera ser científico, jajajaj.
      Gracias por comentar.
      Un abrazo.

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  4. Buenas tardes!
    No me extraña que guardara su tío Juan esa habitación bajo siete llaves.¡Menudo cuarto del deseo que tenía preparado!
    Hay que ser muy curioso para ver extremidades en urnas y seguir investigando,pero puestos a indagar...ha averiguado hasta sus usos,aunque le falta saber para que sirve esa cabeza,que según nos cuentas tiene mucho que ver con la experiencia que acaba de tener. Ten cuidado Justino, que la curiosidad mató al gato,jajaja.
    Me ha gustado mucho el post,he estado intrigada hasta el final,y aún llegado a este punto sigo intrigada...¿descubrirá su tío que ha visto y utilizado su cuarto a su gusto?, y si es así,¿compartirán tío y sobrino aficiones?
    Un saludo

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  5. Buenas noches, Dama.
    Me da a mí, que Justino va a tener las mismas aficiones que su tío. Seguro que a partir de que salga de esa habitación, si es que sale, tendrá claro lo que quiere ser de mayor.
    ¿Te pusiste guantes? ¿No habrás entrado sin las medidas de protección que te indiqué?
    Te digo lo mismo que al resto: ¡qué espesitos estáis esta vez! La foto final... ¿no te sugiere nada?
    La curiosidad mató al gato, eso es, y las bocas tiene dientes..., lee, lee lo que dice Capricornio al respecto.
    Gracias, Dama, como siempre, un placer leerte.
    Un abrazo.
    PD. ¡Menos mal que Halloween ha pasado, porque ya hasta soñaba con monstruos!

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  6. Ahora entiendo la fisionomía del tío Juan jajaja creo que esa es la cara que se te queda después de vivir intensamente la sexualidad del resto mejor no pensar jajaja

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    1. Buenas noches, Anónimo. Yo también creo que su cara es la adecuada para el oficio que desempeña. Verdaderamente parece un científico loco y además extraterrestre. En este caso concreto, imaginé al personaje después de elegir la fotografía.
      Oye, espero que no sea verdad eso que dices de que al vivir intensamente la sexualidad se queda esa cara, porque si es así, me vuelvo célibe seguro.
      Gracias por comentar.
      Un abrazo.

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  7. Muy, muy buen post, yo pienso, que después descubrir la cabeza, encuentra en otros lugares de la habitación el resto de partes del cuerpo. Con lo cual une una a una todas las piezas del rompecabezas, creando así una criatura hambrienta de sexo que no parará hasta saciar su apetito.

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  8. Muy bien, Leo, acabas de escribir el argumento de la segunda parte, Jejej.
    No quiero ni imaginar el aspecto de semejante criatura...
    Supongo que con esos planes tan enrevesados que has pensado para el muchacho, no va a salir del laboratorio en mucho, mucho, tiempo.
    Buena aportación.
    Un abrazo.

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