25 de octubre de 2016

Cuento prohibido: ¡Muérdeme!


                                                                       
Piedra azul

Empecé a soñar con lobos el día que mi abuelo me regaló un colgante con una piedra azul.

Ya antes me gustaban esos animales: solitarios, misteriosos..., bellos.



Mi abuelo Jorge vivía en Francia, en Toulouse, y, a pesar de que se pasaba la vida quejándose de que el llamado Viento del Diablo le iba a volver loco, nunca había querido regresar a España.

Después de terminar la carrera de medicina, quise tomarme un año sabático en el que me dedicaría a explorar posibilidades, viajar y vivir nuevas experiencias.
En junio me trasladé a la casa de mi abuelo Jorge con intención de pasar allí todo el verano. Odio el calor, y en esa parte de Francia las temperaturas no suelen pasar de los veinticinco grados, además, la casa familiar es fantástica. Está situada a las afueras de Toulouse, y tiene una vista privilegiada sobre el río Garona. Desde mi habitación, que está en el tercer piso, se divisan los principales monumentos sobresalientes de entre la masa de color rosado que forman las viviendas al aglutinarse en la lejanía.

Mi abuelo, también médico, estaba muy orgulloso de que yo, la nieta mayor, siguiese sus pasos. La misma noche de mi llegada, después de la cena, me ofreció un estuche de terciopelo azul ultramar. Lo abrí con prisas. Me quedé pasmada ante los destellos que lanzaba la piedra azulada del colgante. La tomé entre mis manos con delicadeza para mirarla de cerca. Era una maravilla, daba la impresión, al tocarla, de que era un objeto especial..., como si en su interior hubiese una energía que lo hiciese vibrar.

Le pedí que me ayudase a ponérmelo y le aseguré que no me lo quitaría nunca.
-Haces bien, Elena -dijo- porque este talismán te conducirá hacia tus verdaderos orígenes.
Deduje, al escuchar estas palabras, que se trataba de una joya familiar. El resto de la velada, con la piedra descansando entre mis pechos, pasó rápido.

Me quedé dormida enseguida. Esa noche soñé que caminaba por el bosque acompañada de dos lobos blancos enormes. El lugar se parecía al parque de la Prairie de Filtres, por donde solía pasear con mi familia. La figuración era tan real, que hasta podía sentir las agujas de los pinos clavándose en mis pies. Cuando me desperté, sobresaltada por lo tarde que era, el sol acariciaba la colcha dorada de mi cama.

Al poner los pies en el suelo sentí escozor en las plantas. Me senté en la cama para examinarlas. Tenía tierra entre los dedos y la piel horadada por multitud de agujeritos. Estaba segura de que habría alguna explicación razonable, para ese extraño fenómeno, que no tuviese nada que ver con el dichoso sueño de los lobos. Deseché la idea absurda y me fui directa a la ducha.

La segunda noche el sueño se repitió, solo que en esta ocasión me adentré mucho más en el bosque, hasta llegar a un claro donde la luna llena se veía como si fuese a desplomarse sobre la tierra. 


la luna del lobo
                                                   
Mis lobos blancos se pararon en seco sin atreverse a entrar en el círculo de luz de luna. Yo avancé hasta situarme en el mismo centro. De pronto, las ramas de la vegetación empezaron a moverse como si un animal muy grande viniese hacia mí.
La espesura morada de los arbustos se abrió dejando paso a un hombre magnífico que caminaba decidido, escoltado por dos lobos negros. En el cuello llevaba un colgante igual que el mío, solo que en vez de azul, la piedra era roja.

Como habían hecho antes mis lobos, los suyos se quedaron quietos cuando él entró en el claro para reunirse conmigo.

Cuando le tuve frente a mí, no pude evitar acercarme al desconocido. Y le...olí. Sí, parece absurdo, pero eso fue lo que hice. 

Tenía un olor diferente al de mis amigos íntimos habituales. De él emanaba un aroma que se confundía con el del bosque, solo se diferenciaba en que el suyo era mucho más concentrado. 
Él me imitó. Noté su nariz, pegada a mi hombro desnudo, que buscaba la curva de mi cuello: la profundidad donde fluía la sangre que dilataba la arteria al ritmo acelerado de los latidos del corazón.

Así estuvimos un buen rato. No parecíamos necesitar manos para explorarnos. El hombre de los lobos negros giró a mi alrededor y se colocó detrás de mí, pensé que para olisquearme desde otro ángulo, pues por delante ya me había husmeado bastante; me equivoqué.

Sentí el mordisco en el lado derecho, entre el hombro y el cuello. Mis lobos, en lugar de defenderme, miraban la escena con las orejas tiesas. 
«¡Para qué coño quiero dos chuchos tan imponentes si a la hora de la verdad se transformaban en mirones pasivos!» 
Me dije, además, que esas cosas solo podían ocurrir en sueños, y que al ser solo un invento de mi mente, bien podía echarle imaginación y... En lugar de intentar liberarme y echar a correr, me revolví y me defendí a ¡dentelladas! Lo más curioso de todo es que no tenía miedo, muy al contrario, la lucha me excitaba.  

A la mañana siguiente volví a amanecer en mi cama, en esta ocasión me dolía todo el cuerpo y tenía algunos cardenales.
De nuevo me negué a dar crédito a esas señales. Había oído decir a mi madre, que es psicóloga, que la mente es capaz de somatizar lo psíquico en físico, o algo parecido, y eso sonaba muy a: "Niña estás como un cencerro". 

La luz del día disipó el recuerdo de mi rival, tan solo el fuego de sus dientes se hacia presente en mi piel cada vez que cerraba los ojos.

De nuevo, la noche llegó y me sorprendió anhelante por perderme en el bosque. Los lobos debían estar esperándome en la antesala de la inconsciencia, pues apenas había empezado a perder el control de mis pensamientos, aparecieron a mi lado para guiarme.

En esta ocasión, él ya había llegado al círculo de luz. Los lobos negros aguardaban sentados detrás de su figura, fuera del claro.
Avancé decidida. Mi escolta se quedó atrás.

De nuevo la inspección olfativa. Baile en círculos calculando nuestras intenciones. Si el hombre hubiese tenido la piel blanca, hubiese parecido una estatua griega esculpida al detalle cada músculo, pero, al igual que sus lobos, la tenía muy oscura. El vello, que desde el cuello se unía al pecho, bajaba hasta un pubis que ocultaba sus atributos con una matojo negro bien surtido de rizos.

Yo lanzaba dentelladas al aire mientras que él permanecía serio, mirándome con unos ojazos amarillentos que destacaban en su rostro como lamparillas encendidas en una habitación a oscuras.

No dejaba de pensar en el mordisco que me había dado el día anterior cuando se había colocado detrás de mí, así que tras lanzarle lo que pretendió ser una dentellada retadora, me di la vuelta y me quedé mirando a mis lobos. 
Enseguida, mi partenaire de sueño aprovechó la ocasión y se abalanzó sobre mí, con tal fuerza que me derribó. 

Caí al suelo de bruces con él encima. Su peso era muy superior al mío, así que apenas podía moverme. Giraba la cara intentando alcanzarle con mi boca, pero él me esquivaba una y otra vez, mientras clavaba sus dedos en mis brazos, inmovilizándome.

Furiosa empecé a agitarme, intentando golpear su cuerpo con el mío, hasta que inesperadamente me soltó y se echó a un lado. Estaba en cuclillas, con las piernas separadas. De entre la pelambrera púbica sobresalían ¡dos penes! 
«Vaya -pensé- tiene Difalia». 
Aunque durante la carrera de medicina había estudiado lo que era, nunca había visto un caso real.

El sueño se ponía interesante. Siempre había tenido la fantasía de estar con dos hombres. Parecía que, en los sueños, los deseos podían hacerse realidad e incluso mejorar, ya que tenía ante mí un portento de la naturaleza: un hombre con dos falos.

Estaba pensando qué hacer a continuación cuando, sobre nuestras cabezas, la luna roja pareció apagarse. Asombrada vi cómo el hombre, que se había encogido un poco, empezaba a convulsionar frenéticamente. Me hice a un lado sin saber qué hacer. En los límites del claro, los lobos empezaron a aullar.


Luna llena
                                                     
 La metamorfosis comenzó por las extremidades. El sonido de las articulaciones dislocándose me producía escalofríos. Las uñas de manos y pies le crecieron hasta convertirse en púas mortíferas. Entre los dedos surgió un vello recio y largo que los tapizó enteros. Después fue su columna vertebral, de ella sobresalían picos que amenazaban con romper la piel, hasta que la espalda también se cubrió de pelo. La cabeza se deformó de forma grotesca. Las orejas crecieron puntiagudas, y la boca se estiró hacia delante llevando consigo la dentadura, cuyas piezas triplicaron su tamaño. A pesar de lo que estaba ocurriendo, yo no estaba asustada, aunque sí sorprendida. 

Transformado en una bestia que guardaba alguna semejanza con un lobo, se puso de pie y de un salto se colocó a mi lado. 

Sus ojos amarillos estaban tan cerca, que no veía nada más que el brillo de su pupila. Abrió la boca como si fuese a comerme.
Me acordé del lobo del cuento de Caperucita roja... estaba soñando, así que...
El bosque de los obos
                                                                                     
El primer lametón en la cara me pilló desprevenida. La lengua del lobo Difálico era muy ancha y estaba gelatinosa y caliente. Con cierto reparo, le acaricié entre los ojos; a los perros les gusta que los toquen ahí. Él me correspondió con otra lamida. Y así estuvimos un buen rato: rasca-lame-rasca... Pero yo no podía dejar de pensar en los dos penes que había visto entre las piernas (¿o tendría que llamarlas patas traseras?) del animal.

«Estoy en un sueño».
 Me repetí, soy libre para crear la ficción que desee.


Recordé que en la biblioteca de mi abuelo había un libro que me fascinaba por los grabados que contenía, mostraba a mujeres yaciendo con lobos y a hombres con lobas. No sé por qué me vinieron a la cabeza esas imágenes, aunque supongo que se trataba de un recurso de la memoria para sembrar ideas. Entonces hice la siguiente asociación: 
«Lobo, mujer, Difalia, fantasía, placer».
Me acerqué al hombre lobo y le acaricié el pecho. Su pelo, largo y negro, era duro; su contacto me agradó, pues parecía emitir una corriente electrica suave. 
Lanzó una dentellada sin intención de morder, como si fuese un juego. Después empezó a pasear su nariz húmeda por mi cuello hasta llegar al borde del body negro que llevaba puesto. Con sus uñas, lo rasgó de arriba abajo. El sonido de la tela al romper me erizó el vello de todo el cuerpo.
Empecé a acariciar su vientre, enroscando mis dedos entre su pelo. Trazaba círculos como si quisiera amasar los músculos que palpaba bajo la piel. El hombre mutado, que tenía la boca abierta y la lengua colgando, jadeaba y se dejaba hacer.
«Se porta como un perro», pensé, mientras lentamente mis manos se dirigían al objeto de mi deseo.
Sabía que la Difalia se caracterizaba normalmente porque uno de los penes no estaba operativo, pero que en alguna rara ocasión, los dos podían funcionar como órganos sexuales independientes. Mientras mis manos se acercaba al objetivo, rogué para que el lobazo mío hubiese sido agraciado con esta característica.

Continúe la exploración por el camino más largo, mis dedos se dirigieron a sus ingles calientes y nervudas. Poco a poco fui acercando mis manos la una a la otra, hasta que a ambos lados noté la rígida resistencia de dos columnas de buen tamaño.
«¡¡¡Sííííí!!!», exclamó mi mente.
Agarré los dos penes, uno con cada mano, en cierta forma, y echándole mucha imaginación, aquello parecía el manillar de una bicicleta. 
Mientras yo empezaba a manipular arriba y abajo intentando acompasar los movimientos de derecha e izquierda, el hombre lobo continuaba salivando con la boca abierta y enseñando los dientes. Sus fluidos caían sobre el centro de mi pecho y se iban concentrando en mi pubis. No me importaba lo más mínimo. Lo único que deseaba era continuar con la exploración.

No dejaba de recrear en mi mente las imágenes del libro de los grabados obscenos. En concreto uno que ocupaba casi una hoja entera, donde un lobo montaba a una mujer colocada a cuatro patas. 

Inspirada por estas visiones, decidí tomar posición y ver si la bestia sabía lo que tenía que hacer.
El bicho empezó a entrechocar los dientes a mi espalda y a emitir sonidos encharcados con lengua y saliva.

Lo primero que noté fueron sus zarpas en mis costados.

«Si esto vuelve a ocurrir, le corto antes las uñas», recuerdo haber pensado medio desmayada de excitación.

Un segundo después, en mi sexo completamente expuesto, sentí el calor de uno de los penes apuntando certero. 
«¿Estaré practicando zoofilia?», me pregunté justo antes de que la primera embestida vaciase mi mente de cualquier pensamiento.
Mientras el hombre lobo entraba y salía de mi interior, notaba, golpeando contra mis nalgas, el otro pene. 
Entre mis prácticas habituales estaba el sexo anal, me placía y complacía, pues me gustaba disfrutar de cualquier variante que sirviese para experimentar placer. Supuse que al tener una mitad animal, quizá no fuese lo suficientemente sofisticado como para haber experimentado estas habilidades que yo consideraba refinadas. Así que sin pensarlo mucho, me giré un poco y agarré el
segundo miembro guiándolo hacia el lugar exacto. No tuve que esforzarme mucho para que el lobo comprendiese lo que tenía que hacer. 

Poco después empecé a comprender el porqué de las caras expresivas de las mujeres de los grabados. Ojos muy abiertos, vueltos hacia arriba, bocas emitiendo jadeos mudos que emergían de unos labios de papel. Dibujos que representaban la lascivia, sí, pero de gloriosa belleza.

La destreza del animal superó enseguida a la de cualquier amante que hubiese tenido hasta ese momento.
Se movía llenándome entera unas veces, sin llegar a retirarse del todo, me golpeaba como si quisiera llegar más lejos dentro de mí, y otras, más placenteras aún, salía para volver a entrar, y cada vez me parecía que fuese la novedad primera incursión. 


No podría hablar de orgasmo, pues en lo que duró la cópula, supongo que es correcto llamarlo así al tratarse de un hombre lobo, estuve sometida a una escalada de placer fluctuante que me llevó a sobrepasar mis propios límites. Ya no notaba las garras arañando mi cintura; ni siquiera podía pensar. Todo mi cuerpo, y mi mente, parecían concentrados por debajo de mi cintura.

 La luna había ascendido a los cielos, alejándose, cuando mi lobo, aullando, se vació dentro de mí. Nuestros respectivos guardianes, que miraban sin perder detalle corearon, como si animasen en la faena, al macho alfa de la manada.


La manada
                                                      

Como en los últimos dos días, a la mañana siguiente me desperté tarde, muy tarde. Apenas había entrado en la cocina, Enrique, el mayordomo, me avisó de que teníamos visita y que se requería mi presencia en la biblioteca.

Cuando entré, mi abuelo y el otro hombre se pusieron de pie. Por sus maneras, se veía que se trataba de un caballero distinguido.
-Acércate, cariño. Quiero presentarte a Ernesto, un buen amigo al que a partir de ahora verás a menudo.
El cabello moreno del hombre, peinado hacia atrás, parecía rebelde. A través del cuello abierto de su camisa negra, distinguí el brillo inigualable de una piedra roja.


Para saber más sobre la Difalia puedes encontrar información en el blog: Salud Sexual y Vida Sana.

                                                      
Luna de sangre




 ¿Qué relación crees que tiene el libro de los grabados con la familia de Elena? 
¿Qué tienen en común los talismanes de Elena y Ernesto?


16 comentarios:

  1. bueno días el libro pasara de generación en generación de una estirpe de hombres lobo.
    y en cuanto a la relación ente estos esta claro es un matrimonio concertado, joder con el abuelito.
    Buen manea de presentar al futuro marido.
    Muy buena historia arañita claro que esta vez no hay piel de oveja pues después de tanto meneo se la comieron.
    Hay que reponer fuerzas jjjjjj

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    1. Buenas tardes, Set.
      No vas descaminado, pero has de tener en cuenta la pista que dejo sobre el libro: hombres con lobas, lobos con mujeres.
      La segunda deducción, estupenda. Lo has clavado.
      La piel de oveja..., con tantas emociones, ¡se me ha olvidado! Habrá que remediarlo mediante una revisión, pues tengo intención de reunir estos y otros cuentos en un libro de relatos eróticos que se llamará: La Piel de Oveja.
      Me alegra que te haya gustado.
      Gracias por comentar.
      Un abrazo.

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  2. Buenas tardes a todos.
    No entiendo por qué tienen que acompañarla dos lobos siendo humana. A él sí porque es lobo,el líder de la manada.
    Yo creo que los talismanes significan que están predestinados. Y que el abuelo quiere juntarlos. Elena se lo pasó de miedo con el lobo.jjjj
    Muy buen post,araña.
    Un saludo.

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    1. Hola, Capricornio.
      Las especies de los dos protagonistas, humanos y licántropos, se mezclan desde el principio de los tiempos; de ahí que en la biblioteca del abuelo haya libros con grabados explícitos. Vamos, que comparten estirpe, un tronco común, y ambos tienen un poco de las dos cosas, uno más que la otra. Los lobos solo son guías.
      Me gusta la idea de que los licántropos sean buenos amantes y no solo muerdan a la gente.
      Gracias por el comentario.
      Un saludo.
      PD. La próxima vez te invito a que saques conclusiones, que me encanta leer vuestras ideas. Aunque no lo creas, son la mar de inspiradoras.

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    2. Me vale la explicación, pero si ella desciende de licantropos y él lo es también, entonces no es zoofilia.
      Un saludo.

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    3. No, efectivamente, tampoco creo que no será zoofilia.
      Gracias de nuevo.
      Feliz fin de semana.

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  3. Buenas noches!!!yo pienso igual que capricornio,y lo de los lobos de Elena me imagino que estarán allí como los otros xq ella al final también es una mujer loba,no????un saludo

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    1. Hola, Tere.
      Elena no es una mujer loba, pero su descendencia sí puede serlo, y tal vez el abuelo, o uno de sus padres, lo sea. Es una mujer adulta que acaba de conocer el secreto de la familia.
      Los lobos son guías, además de protectores y guardianes, de hombres y licántropos.
      Gracias por comentar.
      Un abrazo.

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  4. Buenas tardes!
    Los grabados de los libros yo creo que representan las imágenes más salvajes (en el ámbito sexual) de los antepasados de Elena. Y los talismanes son un símbolo claro de la unión entre Ernesto y la protagonista de esta historia. A mi me quedan muchas dudas sobre el comportamiento de los lobos respecto al sexo...¿fue solo sexo por instinto animal o hay una mezcla de sentimientos entre hombre y lobo?¿que parte estuvo más presente en ese primer encuentro?
    Me ha parecido un post divertido e interesante,y muy acorde al tema que se esta tratando este mes.Espero el próximo post en la noche de halloween!
    Un saludo

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    1. Buenas tardes, Dama.
      -Primera conclusión: perfecta.
      -Segunda: estupenda también. Son las piedras que reciben los que se inician en el secreto de la especie.
      La cuestión que planteas después es compleja. Por un lado, el instinto de los lobos no puede faltar. Son animales que se mueven en manadas o familias, que eligen un líder, cazadores, indomables, amantes de la luna, cazadores..., libres; sin embargo, nuestro lobo también tiene su parte humana, así que a todo lo anterior le uniremos la inteligencia y, aún sin decirlo (algunos lo habéis adivinado), la aceptación del destino que le une a Elena. Así que dependiendo del estado en que se muestre, predominará más una faceta u otra.
      Gracias por leer con tanta atención este post.
      ¿Entiendes ahora por qué tenías que traer bozal?
      Un abrazo.

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  5. Tengo todos los objetos necesarios,escoba,bozal y...¿que necesitaremos para esa noche tan especial de difuntos? Llevaré lo que haga falta pero no me pierdo la cita!
    Buenas noches!

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    1. Buenas tardes, Dama.
      Te recomiendo encarecidamente que vengas provista de unos guantes de látex, ya que vas a tener que tocar muchas muestras "biológicas", etc.
      Hago extensiva la petición al resto.

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  6. Menudo post!!!,yo creo que los lobos negros, y los blancos, hartos de mirar los bien que se lo pasaban, decideron pasar a la acción montando allí una orgía. En cuanto a los talismanes, opino que son como el badoo sirven para encontrar una pareja sexual. Y el libro como el kamasutra da consejos, explica posturas para practicar con lobos o lobas sin lesionarse, primeros auxilios en caso de arañazos....
    Muy muy buen post araña.

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    1. ¡Leeeeoooo! ¡Estás que te sales!
      Menudo cacao has montado en un momento. Espero que los talismanes sean más efectivos que el Badoo, porque si no, la raza mixta lo lleva claro ,-)
      Que el libro sea una especie de manual ejecutorio con consejos y remedios, me encanta. Algo así había pensado, sin primeros auxilios, claro.
      Me alegra mucho que te haya gustado el relato.
      Gracias por participar.
      Por si no lo has leído en la respuesta que he dado a Dama: la noche de Halloween ¡ponte guantes de látex si quieres entrar en el laboratorio!
      Feliz puente.

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  7. El perro es el mejor amigo del hombre, el hombre en algunos casos el mejor amigo de las mujeres, luna llena, parajes solitarios..... Quien da más? Este post es uno de los mejores y ahora que me acuerdo tiene ciertos detalles que me resultan familiares y no recuerdo ...

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  8. Buenos días, Anónimo.
    Los lobos parecen perros, son la versión salvaje de estos. Me parecen fascinantes, la verdad. Hace poco leí que aunque el león es más fuerte que el lobo, este último nunca aparece en el circo.
    Este relato es una versión SEX de la historia del hombre lobo, aderezada con los clásicos ingredientes de luna llena, naturaleza y algo de intriga.
    Supongo que la originalidad radica en la difalia del bicho. ¿Será que todos los hombres lobo la tienen?
    Me alegra mucho que te haya gustado.
    Gracias por el comentario.
    Un abrazo.

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