18 de abril de 2017

Polvo interestelar

                                                                             
El ente

«Escucha bien lo que voy a decirte: hoy vas a poner tú los límites. Las reglas..., sencillamente ¡no hay reglas! Utiliza la imaginación y déjate llevar por tus instintos. Aquí todo es posible. Sueña, goza, siente como nunca pensaste que podrías. Bienvenido a ¡La Nave!»

 Pablo se había dejado convencer por su jefe para ir a ese garito. Desde que había entrado en el bufete, poco después de acabar la licenciatura de derecho, no había parado de viajar; sobre todo a Ámsterdam. No le importaba en absoluto, le gustaba su profesión, el ambiente tenso que se producía en los juicios y, sobre todo, el desenlace de los mismos..., esos momentos eran lo más parecido a tener un orgasmo. Siempre los ganaba...¿suerte?, ¿pericia?, qué más daba... Jorge, más que jefe, colega, le decía que parecía haber hecho un pacto con el diablo. Pablo reía esas ocurrencias...

El hombre que acababa de darles la bienvenida en el vestíbulo de La Nave parecía conocer muy bien al jefe. Después del saludo iniciático, les había ofrecido una bebida. El tintineo de los hielos contra el cristal azulado le había resultado de lo más atrayente, así que aceptó el vaso sin preguntar cuál era el contenido. El sabor era parecido al de whisky con hielo, pero sin duda incluía algún ingrediente más, algo afrutado... 

Tras degustar el cóctel, Jorge y Pablo depositaron los vasos sobre la bandeja que aún sujetaba el portero o gerente. A pesar del aspecto extraño que presentaba el hombre, vestido con una túnica de raso negro, Pablo se sintió tranquilo, y la curiosidad por saber qué iba a ocurrir a continuación sustituyó al cansancio del día.

El portero había abierto una puerta y el jefe se había retirado para dejarle paso, pero ante sí, Pablo solo distinguía oscuridad.

Caminó medio a tientas un corto trecho, hasta topar con una cortina también oscura que descorrió con cierta aprensión. Notaba el latido rápido del corazón golpeando en su garganta. ¿Qué hallaría al otro lado?

Lo primero que distinguió fue un cielo plagado de estrellas rutilantes e, inmediatamente, la mayor luna creciente que hasta entonces había visto..., pero aquel lugar tenía algo artificioso, tal vez fuese el brillo acompasado de las estrellas... Cuando tras la sorpresa inicial comprendió que estaba ante un magnífico decorado, digno de las mejores producciones hollywoodenses, escuchó un estruendo y una luz blanca le cegó durante unos segundos.

Como si descendiese del techo, una nave espacial fue acercándose al suelo, hasta posarse suavemente sobre una nube de humo blanco.
                                                       
Placer y luna


Pablo miró a su lado y se tranquilizó al ver que el jefe continuaba como si tal cosa. Se trataba de un juego, muy sofisticado, pero juego al fin y al cabo.

La curiosidad, cada vez mayor, por ver qué ocurriría a continuación lo mantuvo expectante, con la vista fija en una puerta que parecía de acero. Al poco, con un siseo prolongado, se abrió de par en par.
-¡Vamos, muchacho, entra, que hoy te toca a ti!-escuchó que le animaba Jorge-. Te juro que no has visto nada igual en tu vida, ¡aprovecha la oportunidad!
A su jefe le molestaba la gente que dudaba al tomar decisiones, así que avanzó hacia la nave y entró.
                                                   
Originalidad onírica
Fuente Pixabay

El interior parecía recubierto de papel de aluminio, hasta el suelo tenía el mismo color plateado que las paredes. Ante sí tenía tres puertas con un nombre en cada una:
DOS LUNAS
DAMA AZUL
SEVEN
Supuso que tendría que elegir. No lo pensó demasiado y se decidió por Dos Lunas. Le gustaba mirar la luna...
Llamó primero, ¿a ver si no qué iba a hacer?
Nada...
Tal vez no lo hubiesen oído. Volvió a golpear la puerta con los nudillos.
Silencio al otro lado.

Se fijó en un botón rojo que sobresalía de su superficie de la puerta. Lo pulsó.

Pablo observó la habitación que tenía ante sí, enseguida le llamaron la atención dos urnas que parecían de cristal y quiso mirar dentro.

En la primera, tendida sobre su espalda, descansaba un ser con una vaga forma humana. Mediría poco más de un metro de estatura. La piel, un poco reptiliana, era azulada. Las manos y los pies eran grandes comparados con el tamaño del cuerpo. Los ojos, aunque cerrados, se movían por debajo de los párpados. Supuso que sería hembra, pues en su torso desnudo había tres senos. No se le veía el sexo porque lo llevaba cubierto con algún material parecido a la piel de oveja, también azul. La criatura estaba recreada con mucho realismo, casi hasta daba miedo... Tallada sobre el cristal, se apreciaba el relieve de una luna creciente.


Polvo de estrellas

Pablo se giró hacia la otra urna. Dentro, en la misma postura que la otra criatura, yacía una mujer bellísima, aunque extraña. Sus proporciones, a pesar de ser voluptuosas, eran armónicas. La piel, blanquísima, estaba recubierta por dibujos que refulgían. No tenía cabello, pero ese detalle hacía que la figura fuese aún más magnética, más misteriosa. Una luna creciente, igual a la de la otra urna, adornaba la tapa de cristal. Dos lunas, dijo para sí Pablo.

Mientras se hallaba pensando en cuál podría ser la finalidad de ese despliegue de medios fantásticos, el ser que tenía delante abrió los ojos. Eran dos canicas negras. Pablo dio un respingo.

La mujer se sentó a la vez que, de forma automática, la caja en la que estaba metida se abría. 

Con movimientos delicados se puso en pie y se acercó a Pablo. Aquello le estaba pareciendo muy real, demasiado real..., pero no, solo era una recreación... A ver si no qué iba a ser...

La mujer calva le colocó una mano en el pecho y empujó hasta que él empezó a retroceder obediente. Paró al notar un obstáculo detrás de las rodillas. Un empujón mayor, y acabó recostado en algo parecido a un puff gigante.

Detrás de él, unas manos grandes tiraron de sus hombros hasta que quedó tumbado. La criatura azul balanceaba sus tres pechos por encima de sus narices.

Pablo sudaba, no sabía si por la situación en la que se estaba viendo envuelto, por el calor, o por la bebida que había tomado. Notaba todos los músculos de su cuerpo en tensión, a pesar de que comprendía que estaba dentro del juego, solo eso... ¿o no?

La segunda luna, así nombró mentalmente Pablo a la mujer calva, se reclinó sobre él, reptando por su cuerpo. Pesaba poco. Por encima de su cabeza, observó fascinado como ambas criaturas abrían sus bocas y de estas salían unas lenguas demasiado largas para ser humanas..., la del ser azulado, la primera luna, se dividía en dos. Cada extremo tentaba el aire como si buscara algo en lo que enroscarse. Pablo sintió que un escalofrío le recorría la espalda. La segunda luna agachó la cabeza y le miró, mientras comenzaba a mover las caderas, restregándose contra su pelvis, y a emitir un sonido indefinido, algo así como el tamborileo del agua sobre el cemento. 

Las manos azules, algo ásperas, empezaron a masajear sus brazos y pecho. Las yemas de los dedos parecían tener ventosas que le succionaban la piel provocandole multitud de sensaciones incitantes. Las dos lenguas fueron descendiendo y como culebrillas de agua se unieron con su humedad gelatinosa a la exploración de su torso. Los senos azules le parecieron tentadores y quiso tocarlos. ¡Se estaba volviendo loco!, ¿quién en su sano juicio querría tocar tres tetas azules de un bicho con dos lenguas y manos de gigante?

La impresión fue agradable, abarcó los senos laterales dejando libre el central. Eran blandos y como esperaba algo ásperos también, pero esas escamas le hacían cosquillas en las palmas, y eso le agradaba. La mujer calva, que continuaba con su movimiento rítmico y circular, se había sentado en su regazo, como si fuese una amazona. El calor que notaba Pablo en la entrepierna no era humano...

Hacía rato que su cuerpo había despertado. Estaba excitado. Se sentía extraño dentro de aquella ficción bien construida, pero algo, o alguien, había adivinado sus más oscuros deseos de tener sexo con algún ser imposible, de los que aparecían en las películas de terror y fantasía que tanto le gustaban. Su mente estaba embotada, al contrario de su cuerpo, que estaba muy espabilado.

La primera luna inclinó su torso hasta que el pecho central quedó a la altura de la boca de Pablo, quien reaccionó a la invitación que se le hacía introduciéndose un pezón que apenas podía abarcar con los labios. Tenía la cavidad oral llena y apenas podía mover la lengua, pero el gusto de aquella piel le enardecía. En su paladar notaba el sabor de la bebida que había tomado antes de entrar en La Nave; en su olfato explotaba, multiplicado por mil, el aroma afrutado del licor.

Pablo quiso bajarse el pantalón y, apartando al ser azul, se incorporó para hacerlo. Sin levantarse, se retiró toda la ropa y se quedó sentado con el pene erecto. Ahora las dos lunas estaban frente a él, parecía que estuviesen estudiándolo, o tramando algo... Agarró a la mujer calva de la mano para que se acercase más, quería acariciarla. Su piel lisa parecía cristal caliente.

Recorrió los dibujos de su vientre y descendió hasta el pubis impoluto, igual de blanco que el resto de su cuerpo. Con los dedos índice y medio se dirigió a explorar el sexo misterioso. El tacto no se diferenciaba del resto de la piel, notaba calor, pero ni humedad, ni agujero alguno por el que introducir sus dedos. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Acaso esa criatura no tenía vagina? Pablo se sentía cada vez más confuso... Cuando sus compañeras de fantasía, o tal vez de pesadilla, le empujaron a la vez para que volviese a tumbarse en la cama, se mostró sumiso y fijó la vista en el techo plateado de la nave.
El cuerpo interestelar
                                                         
Sintió la caricia de cuatro manos en las inglés y el escroto, hasta la base del pene. El contraste entre la suavidad de unas y la aspereza de otras era muy estimulante. Los dedos más largos, supuso que los del ser azul, le agarraban los testículos y tiraban suavemente de ellos, mientras la otra criatura, de dedos pequeños, le daba masaje en donde su vello púbico era más abundante. Pablo pensaba que aquella suerte de masturbación, aunque extraña, era muy, pero que muy placentera. 

En su bajo vientre se empezaba a gestar el conocido nudo, amasijo de fluidos, que indicaba que su cuerpo se preparaba para eyacular. Aún no estaba listo. Esa última parte era la que más le gustaba, era como subir en una montaña rusa y ascender, y una vez en lo alto, ya solo quedaba dejarse caer y liberarse: gozar con el recuerdo de mil placeres concentrados en la memoria colectiva de los hombres desde el principio de los tiempos. 

Aún no le habían tocado el pene, las dos lunas se limitaban a los alrededores, quizá reservándose para emplearse al final. Parecía que tuviesen alguna suerte de telepatía con su órgano sexual. Pablo cerró los ojos para concentrarse en las sensaciones obligándose a dejar de pensar.

Parecía que todo él se hubiese concentrado en sus genitales, hasta su cerebro había descendido para instalarse en el glande. La sensación era enervante y urgente, anhelaba que las cuatro manos se centrasen en su pene, pero intuía que la demora obedecía al plan de conseguir arrancarle un orgasmo apoteósico; ¡esas dos tías disfrazadas eran muy buenas profesionales! 

En esas estaba, cuando notó el primer contacto en el prepucio. Algo viscoso y caliente lo había rozado. Intrigado, abrió los ojos y levantó la cabeza. La visión le pareció repugnante, enloquecedora, excitante... 

De entre los labios de las dos criaturas surgían sus lenguas, que se entrelazaban entre ellas y alrededor de su pene. La azulada, que se dividía en dos, lo abrazaba, al mismo tiempo que la de la mujer calva tentaba con suaves toques el prepucio, como si estuviese tecleando un mensaje en Morse. 

La fuerza de la lengua bífida era tal, que conseguía desplazar la piel que recubría el miembro arriba y abajo, mientras que la otra aprovechaba para degustar lo que quedaba al descubierto. 

Pablo trató de dominar el placer intenso que estaba sintiendo; tenía la impresión de que cuando llegase al orgasmo, su sexo volaría por los aires.

El olor afrutado se acentuó y todo se volvió azul. Las estrellas ocuparon el techo de La Nave y la luna quedó colgando sobre su cabeza, casi podía tocarla con la mano... si después de que le robasen su esencia vital hubiese sido capaz de moverse, claro. Los espasmos de su sexo al vaciarse generaban olas que ascendían por su vientre, pecho, garganta, hasta su cerebro, sin tregua. Los dos seres, avarientos, sorbieron hasta la última gota de su placer.

Tuvo la impresión de que pasaron horas hasta que pudo ponerse en pie. Antes de salir de la habitación se acercó a las urnas y miró dentro. Las lunas volvían a sellar las tapas de las urnas de cristal donde yacían dos muñecas de plástico con los ojos cerrados.

Antes de salir de La Nave. Pablo se volvió para mirar una vez más las tres puertas. Dos Luna, dos criaturas... ¿Cuántas habría en Seven?, pensó. Tendría que averiguarlo.
                                                        
Lengua ardiente


¿Qué crees que encontraría Pablo tras las otras dos puertas?


Nota informativa: La próxima publicación será el día 2 de mayo:

  • Sexo anal: El eterno dilema de la puerta de atrás.
   





8 comentarios:

  1. No iba mal la cosa, piel blanca, manos azules, lengua bífida, pero cuando he llegado al sexo de piel de oveja no he podido evitar imaginar el resto. ...ojos negros como canicas mirando,lengua rosada. .....oveja que bala pierde. .....no sé si es el mejor momento jajjjjjjj

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    1. Buenas tardes, Anónimo.
      En esta ocasión, no he sido yo, has sido tú quien ha cambiado el guión de la historia. La imaginación es prodigiosa, la verdad. Por mi parte, prometo que no he pensado en ovejas (hasta ahora, claro), de hecho solo se trataba del taparrabos del bicho, ¡jajajaj!
      Gracias por comentar.
      Un abrazo.

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  2. Buenas tardes a todos.
    ¡Vaya cosas que escribes a veces! Después de ver lo que hay detrás de esa puerta no me quedan ganas de saber lo que hay detrás de las otras. El relato de hoy no me ha gustado, aunque esté bien escrito. Lo de la extraterrestre de la lengua de culebra es demasiado para mi que me gustan cosas más naturales. Parece cosa de zoofilia, y como dice anónimo encima con piel de oveja.
    Un saludo.

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    1. Buenas tardes, Capricornio.
      ¡¡¡OOOOHHHH!!!, qué pena que no te haya gustado el relato.
      Bueno, como suelo decir: para gustos, colores. Eso sí, no se trata de zoofilia, ¡por Dios!, que la criatura se supone que es de otro planeta, no una serpiente, y mucho menos una OVEJA.
      De verdad, Capricornio, ¿no sientes curiosidad por saber qué hay detrás de las otras dos puertas?
      La sexualidad se enriquece con la imaginación... ¿Acaso no te gusta el juego?
      Gracias por comentar.
      Un abrazo.

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  3. Buenos días!
    No se lo que se encontrará Pablo tras las otras dos puertas,pero después de la experiencia que ha tenido con la primera,no se si tendrá curiosidad y querrá repetir o x el contrario,le dará un poco de respeto,sobre todo en la puerta que pone Seven...jajajaja.
    Un relato muy original,yo tampoco he pensado en animales,pero me encanta que la piel de oveja vuelva a aparecer,es un sello en este blog.
    Un saludo.

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    1. Buenos días, Dama.
      Como Pablo tiene fantasías "especiales", por decirlo finamente, seguro que repetirá.
      La piel de oveja está desbancando a la araña como símbolo del blog. Me ocurre lo mismo que a ti, que me encanta que aparezca de vez en cuando. ¿Debería cambiar el nombre del blog?
      Gracias por comentar.
      Un abrazo y feliz fin de semana.

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  4. Madre mía como se lo pasó Pablo,después de esta experiencia cualquier relación que pueda tener con un humano le parecerá un aburrimiento.Seguro que repitió y no se le quedo ninguna puerta x explorar la que pone seven se la ve interesante esperemos descubrirlo algún día

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    1. Buenos días, Tere.
      Pablo de lo pasó fenomenal, ya ves. ¿Qué tendría el licor que le ofrecieron?
      También opino que el hombre debería darse otra vueltecita por La Nave. Las personas no podemos resistirnos a la curiosidad en las mayoría de las ocasiones, así que...
      Gracias por comentar.
      Un abrazo.

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