5 de diciembre de 2017

La trastienda. Parte I

                                                                   
La danza de tus pasos
Equilibrio perfecto, armonía y elegancia, así era su caminar...

Las luces navideñas del escaparate de la zapatería se ven desde nada más doblar la esquina. Parpadeantes tonos azules que contrastan con otros blancos y que armonizan con la decoración del interior del comercio.


Javier camina hacia allí. Parece abducido por alguna potente energía. Ni siquiera se fija en que el semáforo ha cambiado a rojo hasta que el claxon, que algún conductor furibundo hace sonar, le hace aterrizar en el asfalto. 

La distingue desde el otro lado de la acera. Sabe que con las luces encendidas no puede verle. La noche de invierno le ampara. Se siente libre para observar sus movimientos de bailarina. Nunca usa pantalones, al contrario de las demás dependientas. Por esa razón, Javier supone que es la jefa, además siempre es la última en abandonar la zapatería. No ha parado hasta saber su nombre: se llama Mercedes.

Utiliza vestidos oscuros, unas veces cortos, otras largos, pero siempre por encima del tobillo. Esa parte de su cuerpo es muy sensual. Tiene bien marcados los tendones allá donde terminan las pantorrillas, y se afinan aún más antes de engarzarse en los talones. 

Hoy viste una prenda que fluye alrededor de sus piernas y las envuelve con ligereza, como si fuesen alas de mariposa batiéndose con desgana. Al principio parece que no lleve medias, pero enseguida se da cuenta de que son transparentes porque la piel al natural no brilla tanto. Los zapatos también son negros, y tienen un tacón de al menos diez centímetros. Número 38, calcula Javier.

Le gusta verla caminar con tacones, sobre todo en verano, que Mercedes utiliza sandalias y deja ver sus uñas pintadas siempre de negro. Parece que le guste ese color. Su personalidad, un tanto  dramática, se intuye en cada detalle de la indumentaria.

Algunas veces imagina que Mercedes es una maestra y que él es el alumno... Por unos momentos, Javier se deja llevar de nuevo por el sueño, hasta que detecta un cambio en el escaparate. 

Sobre una plataforma de cristal que rota, colocada en el lugar más visible del escaparate, unas sandalias de tacón alto, que parecen de novia o de gala, giran con pereza.
                                                       


Javier siente que se le seca la boca y que el aire frío entra ahora con violencia en su pecho al aumentar la amplitud de sus movimientos respiratorios; esta casi hiperventilando. 

Imagina los pies de Mercedes dentro de esas sandalias. Una punzada en su bajo vientre le hace tomar conciencia de que está excitado, de que su cuerpo ha reaccionado a una figuración imposible: conseguir que la mujer se las ponga es más que improbable... ¿O no?

Sin darse cuenta, pega la nariz al cristal. Ignora el frío que transmite el vidrio helado. Hasta imagina que su cara puede atravesarlo como si fuese uno de esos fantasmas que cruzan puertas y paredes...

En el interior, las dos dependientas que acompañan a Mercedes se abrigan para salir a la calle, su turno ha terminado por hoy.

La mujer se dirige a la caja registradora, como cada noche, seguramente que para hacer balance y cerrar cuentas. Está concentrada en la tarea, hasta que un bolígrafo se le cae y ella se agacha para recogerlo. Mientras se incorpora, mira hacia donde está Javier. 

Sabe que le ha descubierto cuando ella se pone de pie y se dirige hacia la puerta. Quiere escapar, sin embargo sus músculos helados se niegan a moverse.


Mercedes, con los brazos cruzados sobre el pecho para protegerse del frío, se asoma al exterior.
-Buenas noches, señor. Aún esta abierto..., se lo digo por si necesita algo... -Se interrumpe al ver que el otro no responde.
-Me gustan esas sandalias... para hacer un regalo, claro -añade al observar la expresión confundida de la mujer. 
-Pues entonces pase, que hace frío. Dentro puede ver lo mismo que a través del escaparate, pero sin coger una pulmonía -bromea Mercedes haciéndose a un lado mientras sujeta la puerta-. Y decía usted que estaba interesado en esas sandalias... ha de ser una mujer especial entonces...
-Mucho -responde Javier sorprendido por la seguridad con que ha hablado.
Observa cómo Mercedes se inclina sobre la plataforma del escaparate para alcanzar una sandalia dorada. La tela de la falda se ciñe sobre sus caderas y el pliegue interglúteo salta a la vista provocándole un respingo dentro de los pantalones. 


"¿Llevará tanga? No, una mujer como ella no, no le pega. Claro, que no la conozco de nada, pero no, seguro que no..." Javier está intrigado; en realidad, sabe tan poco de ella..., pero no, está seguro de que no usa ese tipo de prendas. Imposible.


Recibe la pieza en sus manos como si fuese un tesoro. Le arden  las mejillas y siente los músculos de su cuerpo, de su vientre, en tensión, a la vez que su cerebro sufre una pequeña conmoción que se transmite en forma de pulsaciones intermitentes hacia su pene.


-¿Qué número usa la afortunada? -pregunta Mercedes con una una leve sonrisa.
-Un 38.
-¡Igual que yo! No suelo hacerlo, pero si quiere puedo probármelas...

Sorprendido, asiente con la cabeza pensando en la suerte que ha tenido. Mercedes se sienta en un banco forrado de terciopelo azul y se libera del zapato negro. A través del tejido de la media, distingue las uñas oscuras.
                                                 


-Si me permite -dice Javier agachándose frente a ella como si fuese a pedirle matrimonio.
 Por primera vez en sus 21 años reacciona como un hombre intrépido. Mira a la mujer a los ojos y se fija en cómo brillan y  entrecierran levemente. No dice nada, pero eleva el pie y se lo ofrece. 

El roce de la tela del calzoncillo al ceñirse a la entrepierna le estimula directamente la zona más sensible de su sexo, lo que él llama el frenillo, bien expuesto desde que se había practicado una circuncisión en una clínica privada. Le gustaba que la cabeza del pene fuese visible, y no que permaneciese escondida dentro de un montón de piel arrugada y gruesa... 

Agarra entre las manos los pies femeninos y nota el tejido de la media que se interpone. Le desagrada su tacto.
-Preferiría ver cómo queda la sandalia sobre el pie desnudo...
-¡Oh!, lo comprendo. Perdone mi despiste..., puede ayudarme a quitarme la media, por favor.

Javier está admirado por el golpe de buena fortuna, aquello es mucho mejor que la fantasía de la maestra y el alumno. Aunque casi siempre se muestra pasivo con las mujeres, en esta ocasión asume otro papel.


No habla, pero acaricia el pie como si quisiera calentarlo. Poco a poco asciende por los tobillos finos, tantas veces admirados, y continua hacia arriba hasta que siente el relieve del encaje en las yemas de sus dedos, y después la piel desnuda, sedosa y cálida.

Introduce los dedos bajo la media y tira de ella. El sonido del deslizar del tejido sobre la carne, un poco electrizante, le produce escalofríos. No se detiene hasta que la prenda queda lacia sobre sus manos, aún está caliente cuando la deja caer al suelo.
                                                     
La trastienda

                                                      
Mercedes ha entrecerrado los ojos. "Las mujeres suelen hacerlo cuando gozan", piensa complacido.

De nuevo, con el pie desnudo entre sus manos, empieza a acariciar la planta, bajo los dedos. Poco a poco siente que la tensión de estos, antes un poco crispados, se relaja.

Mercedes ha echado la cabeza hacia atras, y Javier aprovecha que no le está mirando para acercar su nariz y oler entre los dedos..., sabe por experiencia que esa es la parte más aromática.

Su nariz absorbe con fruición, pero él nunca se ve saciado. Se concentra de nuevo en la mujer que ahora le mira sin pestañear, aunque no parece sorprendida por lo que acaba de ver.

Mercedes le agarra la nuca y tira hasta que su boca queda pegada al dedo pulgar, él separa los labios para recibir el regalo.

El sabor de la piel de los pies es maravilloso. Hay quien lo compara con el queso, pero él opina que no, que los sabores que se agazapan entre los dedos, en la planta, o en el talón difieren mucho entre sí. Además, no siempre tienen el mismo gusto. Cada pie es único, al igual que las personas... Unos saben a agua de mar, otros a mazapán, a nueces, nubes de azúcar, a la hierba que han pisado...

Los de Mercedes, a vainilla ligeramente salada.

En su boca, el pulgar de la mujer reacciona a las caricias de su lengua y se mueve. Parece que lengua y dedo jueguen al ratón y al gato, persiguiéndose y tratando de esconderse entre los pliegues de la cavidad oral.

La saliva es un manantial inagotable en su boca, que se reaviva con los gemidos que Mercedes intenta contener sin éxito. 
-Tócame mientras haces eso -pide a la vez que se levanta la falda del vestido. 
A Javier se le corta la respiración al ver la imagen en conjunto. Una pierna desnuda de mármol blanco, y la otra vestida aún con la media que llega a medio muslo. Y un poco más arriba, entre ambas, un triángulo de tul negro.
-Un momento, por favor, primero tiene que probarse las sandalias -le pide a la mujer a la vez que empieza a retirar la otra media. Después agarra el par de sandalias y se las calza con delicadeza.
-Póngase de pie..., y quítese el vestido; yo la ayudo.
Mercedes obedece sin rechistar. Una vez bajada la cremallera, la prenda se desliza por el cuerpo maduro y firme. 

Javier siente un ligero dolor en el escroto. Su cuerpo le avisa de que necesita un desahogo inmediato, pero él suele disfrutar con esa mezcla: dolor y placer. 

Aguantará.

Lencería negra, laca de uñas del mismo color, piel blanca, sandalias doradas... 

Le ofrece la mano y él la ayuda a girar sobre si misma como si fuese la bailarina de una caja de música. 
Cuando Javier se acerca a Mercedes y la atrae hacia sí, ella le pide:
-No, aquí no. Vayamos a la trastienda.
                                                                                           

¿Cómo crees que va a ser la trastienda del comercio de Mercedes? ¿Te parece un lugar apropiado para el desenlace del relato? 

Nota: La segunda parte del post se publicará el sábado 23 de diciembre.

Como siempre que escribo este tipo de relatos, quiero expresar mi agradecimiento a Dragón, por enseñarme tantas cosas sobre el fetichismo de los pies.

Fuente foto: Pixabay









7 comentarios:

  1. Mira que me gustan mis pies, y los zapatos de tacón pero nunca he tenido una experiencia como esa cuando he ido de compras, porque digo yo que se pueden intercambiar los papeles del relato noooo? Imagino la trastienda ordenada donde predominen los zapatos de tacón con mobiliario aterciopelado para esos momentos de descanso con un sillón o una butaca negras, una escalerita sencilla una mesa de mármol,iluminación no excesiva y un aroma agradable, a vainilla por ejemplo que no es excesivo. Y muchas cositas más para la segunda parte. ...

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  2. ¡Buenos días, Anónimo!
    Pues sí, claro que se podrían intercambiar los papeles... Supongo que habrá personas que trabajen en zapaterías que vean en los pies, desnudos o vestidos, un fetiche. Personalmente, adoro los zapatos de tacón alto y colores metalizados, aunque el negro sea el más elegante y favorecedor, sin duda.
    Había pensado que la trastienda oliese un poco a cuero, pero quiero que sea un lugar que hayamos creado entre todos. De entrada, te digo que he fichado por el terciopelo y ese sillón negro (que casi puedo ver) que me sugieres.
    Gracias por el comentario.
    ¡Feliz semana!

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    1. Y, por supuesto, como dices, la iluminación tiene que ser suave y muuuuuy cálida.
      ¡Un abrazo!

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  3. Muy buen relato.Yo tampoco he visto los pies nunca de ese modo,pero cuando vaya a una zapatería,a partir de ahora,seguro que presto más atención al dependiente y miraré a ver si tiene trastienda,jejeje. El tacón me parece favorecedor y érotico,aunque puede ser un poco incómodo,pero si luego pasa lo que me imagino en la segunda parte del post,¡no pasa nada por sufrir un poco!
    Buenas noches araña.

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    1. Buenas noches, Dama.
      Al leerte, me han venido a la memoria de repente las portadas de libros de erótica que he tenido en mis manos con la imagen de unos zapatos de tacón alto, negros casi todos, con medias del mismo color; esa elección ha sido muy estudiada, ya que es un buen reclamo, por eso mismo que dices: es un símbolo erótico pujante.
      Sobre la incomodidad..., no me queda otra que darte la razón, y mira que me apena reconocerlo, pero es un hecho comprobado, a pesar de que en algunas marcas de calidad hacen todo lo posible para aunar comodidad y glamour.
      Hace años se puso de moda la frase: "Para presumir antes hay que sufrir". Cuando la recuerdo pienso en las largas sesiones de depilación con cera caliente :-(, pero también en los primeros taconazos que me compré ¡con 17 años!
      Gracias por el comentario.
      ¡Un beso!

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  4. Buenas tardes a todos.
    El relato empieza bien, pero espero que no hayan entrado en la trastienda para solo chuparse los pies.
    Yo pondría un espejo grande en la decoración, plata.
    Un saludo.

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    1. Buenos días, Capricornio.
      ¡Hombreeee!, seguro que harán algo más que mirarse a ese espejo que me aconsejas poner...
      Acepto ese espejo de color plata para la decoración de la trastienda.
      Gracias por el comentario.
      Un abrazo.

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