23 de diciembre de 2017

La trastienda. Parte 2

                                                     
La trastienda
Los pies de una reina, así concibo los de ella...


Mercedes agarra la mano de Javier y le conduce hacia donde está la caja registradora. Con los tacones puestos, la mujer es más alta que él.


Detrás del mostrador hay una cortina negra de terciopelo que aparta para pasar al interior de una estancia que a Javier le parece el País de las Maravillas.

Las paredes blancas están cubiertas por estanterías de metal cromado en negro, y los anaqueles ocupados por un sinfín de cajas de zapatos de diferentes colores. En el frontal de cada una se ve una fotografía de lo que guarda. El lugar parece una galería de arte que exponga minifotos de zapatos sin pareja. 

A Javier le gustaría liberar el contenido de las cajas, volcarlo en el suelo, esparramarlo para crear un mosaico colorido de calzado y tumbar a Mercedes en el medio, vestida solo con las sandalias doradas.
"La descalzaría despacio y me follaría sus pies en el lecho de pares de zapatos, una y otra vez", piensa a la vez que mira hacia abajo.
El mullido de la alfombra, que imita a la piel de oveja negra, silencia los pasos. La suavidad de la pieza se percibe incluso con los zapatos puestos. Se los quita sin soltarse los cordones y los lanza con la punta del pie hacia un lado. Por dentro de los calcetines, mueve los dedos uno a uno como si pulsase las teclas de un piano. Le gustaría tanto estar descalzo...


-Quítame los calcetines -pide en un susurro.

Tal vez Mercedes no le haya oído, porque continúa mirándole a los ojos, sin reaccionar. La respiración agitada se hace notar por la expansión cíclica de su tórax.
                                                     

Con cada inspiración, las clavículas tiran de los senos redondos y los elevan ligeramente. Los pezones oscuros son dos frambuesas maduras bañadas de caramelo por la luz cálida de los focos, camuflados entre las vigas de madera del techo. 

No puede dejar de mirar el movimiento cadencioso de las mamas. En la boca se anticipa el dulzor de la textura rugosa. 

Intenta acompasar el ritmo respiratorio al de la mujer y percibe un olor a vainilla mezclado con cuero. Otro latigazo doloroso fustiga su entrepierna. Es tal el placer que siente, que teme no poder controlar su cuerpo.
                                                   


Las manos de Mercedes han empezado a moverse bajo su camisa. Recorren el pecho hasta llegar a la cinturilla del pantalón. Ahí se frenan, ignorantes de la tensión que hay un poco más abajo...

Mercedes le besa en los labios primero y después desciende por su cuello hasta el comienzo del esternón. Intenta abrazarla, pero ella le retira los brazos y, mediante una orden muda, se los pega a los costados. Ahora es un soldadito de plomo en posición firme. 

Percibe vainilla en su lengua mientras observa embelesado a la mujer que se arrodilla ante él. Reprime un gemido al sentir las contracciones que preludian el orgasmo. De nuevo intenta focalizar la atención en los detalles que le rodean. "Divide y vencerás", se dice sin mucha convicción.
                                                     


Gira la cabeza hacia la derecha y da un respingo al ver la escena en la que participa duplicada en un espejo enorme de marco plateado. Se ve a sí mismo de perfil y a ella agachada frente al bulto que destaca en su pantalón, semejante a la orografía de una montaña en un valle.

La longitud de los dedos de Mercedes le parece extraordinaria mientras manipula los botones del vaquero. Las uñas, larguísimas, son rojas, excepto la del dedo medio de cada mano que es negra..., igual que las de sus pies. 

Cada roce parece fortuito, pero Javier sabe que es solo una impresión y que Mercedes sabe muy bien lo que hace tratando de evitar la manipulación directa... A ella también le gusta dar rodeos y alargar el placer -agonía- enervante del orgasmo que se retarda a golpe de voluntad. 
                                                  


Con una mano a cada lado le baja despacio el pantalón y el slip. El pene salta hacia adelante y queda a apenas unos centímetros de los labios femeninos. Simplemente con balancear la pelvis un poco..., pero no, no se mueve porque prefiere que sea ella quien marque las pautas. 

El espejo multiplica infinitamente el erotismo de la escena. Aunque le parece que son otros los actores, la realidad le golpea con intensidad entre las ingles, que se tensan al soportar el peso de su pene erecto.
                                                   
Levanta los pies y la mujer retira toda la ropa. Es chocante la imagen que contempla ahora: está vestido solo con el jersey, la camisa y los calcetines; preferiría estar desnudo.
-Siéntate ahí -pide Mercedes señalando un sillón de terciopelo negro con patas plateadas.
Javier obedece la orden.
-Separa las piernas..., un poco más.
La mujer se sienta en la alfombra. El triángulo de tul negro de las bragas se hunde un poco mimetizándose con las hebras de lana. Levanta ambas piernas a la vez y coloca los talones en el borde del sillón, entre las piernas de Javier.

Él sospechaba que las personas flexibles serían capaces de contorsionar los pies al igual que el resto del cuerpo, pero aun así se sorprende al ver la capacidad de movimiento fino que tienen los de Mercedes.

Los dedos se separan cual varillas de un abanico y, como pequeñas garras con ventosas, se aferran a su pene mientras el arco plantar se curva aún más para adaptarse a su anatomía. El amasamiento, lento y delicado de la piel deslizándose arriba y abajo, le produce calambres en el prepucio expuesto y tenso. Balancea la pelvis para que la fricción sea más intensa y marcar su propio ritmo. Rápido, cada vez más rápido, más lúbrico, como si hubiese dejado escapar algo de líquido seminal. 

Desconecta del decorado, de las cajas de zapatos y de todo lo que le rodea, incluso de Mercedes y del triángulo de tul negro. De ella solo le importan los pies...
                                                 

El olor a vainilla se intensifica y cierra los ojos. Agarrado a los brazos del sillón siente la suavidad del terciopelo entre los dedos, a la vez que nota cómo la mujer oprime ligeramente su escroto con uno de los talones. 

Cuenta hacia atrás; siempre lo hace antes de eyacular, incluso cuando se masturba: cuatro, tres, dos, uno... Nunca llega al cero, este número es el vacío en el que se sumerge, concentrado solo en sentir la expresión liberadora de sus entrañas. La fuente que mana densa y cálida de su interior.

Javier ha cerrado los ojos durante un instante. Cuando vuelve a abrirlos está un poco mareado. Mercedes, continúa sentada en el suelo y le observa con curiosidad. Se incorpora un poco para acariciar su mejilla .
-Quiero que te tumbes en el suelo, boca abajo -le pide ella sonriente.
Desea complacerla y estar a la altura de lo que intuye espera de él, así que obedece intrigado. El tacto de la alfombra es agradable y se deja caer sobre su pecho. Mercedes coloca bajo su pie derecho un cojín redondo y abultado. No consigue imaginar para qué. 

Mira hacia el espejo y se sorprende al ver que se ha agachado y empieza a lamerle el talón; parece que esté chupando una bola de helado..., tal vez de vainilla. Su cuerpo reacciona, pero se mantiene inmóvil. 

La boca está caliente. La saliva que escapa de ella desciende por la planta de sus pies y se dispersa en pequeños arroyuelos de lava entre los dedos. El pie nada entre gotas viscosas.

Mercedes se retira y se eleva ante él, que permanece tumbado bocabajo. Se quita la ropa interior que aún lleva puesta, pero no las sandalias. El dorado parece ganar intensidad en contraste con su piel lechosa. 

Un instante después se coloca en cuclillas sobre el pie que descansa encima del cojín. La vulva, con los labios separados, queda sobre su talón. Javier admira la imagen que se representa en el espejo, o tal vez hayan cruzado al otro lado..., a fin de cuentas está en el País de las Maravillas...

Mercedes se contonea y traza círculos con su sexo húmedo pegado al talón de Javier. Con las manos abarca sus pechos a la vez que juguetea con los pezones-frambuesa. 

La visión le ha excitado de nuevo. La alfombra tiene dedos que se enroscan en su carne, toda sensación es caricia. El olor de la vainilla se intensifica cuando contempla el rostro de ella conmovido por el placer. Sus ojos están vidriosos, enajenados y su boca entreabierta. Los sonidos que emite le enervan, se le clavan en los oídos y en la piel, y en los ojos..., le invaden, le anulan. 

Agotada y sudorosa, Mercedes le descabalga y se tiende a su lado. Él se ladea y su pene queda como un dedo acusador entre los dos.
-Algo habrá que hacer con esto -dice ella encerrándolo en su puño.
-Sorpréndeme una vez más...
-Encantada de satisfacer todos tus deseos -dice a la vez que abre sus piernas y le invita a tenderse sobre ella.
 Javier piensa que la postura del Misionero no es de lo más original del repertorio sexual, pero está tan excitado que se conforma. Cuando la penetra, siente que el sexo femenino se abre con docilidad ante su empuje decidido. De nuevo experimenta el ascenso hacia la cuenta atrás. 
-¿Te gustan los tacones de mis sandalias? -pregunta de pronto Mercedes.
-Ya sabes que sí -responde entre jadeos.
-¿Cuánto?
-Adoro los tacones de tus sandalias..., adoro tus pies de vainilla...
-Bien, pues entonces, ¡aquí tienes tu sorpresa!
Javier nota un dolor intenso en los glúteos y mira hacia el espejo. Los tacones dorados se hunden en su carne con firmeza. Aprisionado dentro de la tenaza que se cierne en torno a sus caderas, la impresión quemante que le produce la acometida se ramifica en multitud de direcciones por todo su cuerpo. Pega la boca al oído de su amante y suplica:
-Más fuerte...
Siente cómo se tensan los músculos de las piernas de la mujer cuando coge impulso para hincar las imprevistas espuelas. Una vez más experimenta el placer exquisito que le produce el dolor. 

Mira en el espejo la depresión que han dejado los tacones de las sandalias doradas en sus nalgas blancas y redondas, mientras la vagina de la mujer se estremece alrededor de su miembro. Lo aprieta con un ritmo involuntario. Con caricias de agua, lo lame. Multitud de pequeñas lenguas se pasean por su glande. Cierra los ojos y hunde la cara el el hombro de su amante. 

Cuatro, tres, dos, uno... Infinito.
                                                     



Fin de la historia. ¿Te has sentido cómodo en la trastienda de la zapatería de Mercedes?

¡Como siempre, un recuerdo para Dragón!
    




2 comentarios:

  1. Qué fuerte, me voy a pasar la vida comprandome zapatos y buscando trastiendas. Si acaba así el 2017 estoy deseando saber como empieza 2018

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    1. ¡Buenos días, Anónimo!
      Pues oye, no sé qué tiene la Navidad, las luces y cosas brillantes en general, pero no veas cómo inspiran al personal; a fin de cuentas, la trastienda la construimos un poco entre todos.
      ¡Brindemos por el nuevo año, y busquemos nuestra trastienda particular...!
      ¡Un abrazo enorme y gracias por acompañarme durante el 2017!

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