10 de febrero de 2018

Sábado

                                                       
Cuero
Fantasía: cuero sobre tu piel

Salgo de casa. Llueve. Distingo su coche al otro lado de la acera. El negro de la carrocería brilla bajo la luz difusa de una farola. Sé que me espera, impaciente...


El frío se cuela por debajo de la gabardina, la única prenda que llevo sobre el cuerpo además de los zapatos. Así es el juego, a veces merece la pena una pequeña incomodidad.

A través del cristal del lado del conductor solo distingo una sombra oscura. Me acerco y llamo con los nudillos antes de dar la vuelta y abrir la puerta contraria.
-Entra -ordena.
Su voz es dura. Ni siquiera me mira. Pone el coche en marcha. A los pocos minutos hemos salido de Madrid y entrado a gran velocidad en la autopista. No conozco el destino, como siempre.

Observo de soslayo cómo sus muslos se tensan bajo la tela del pantalón al acelerar. Le gusta la velocidad, a mí también.

Cuando toma la tercera salida, adivino adónde vamos.
El Casino de Gante se ve borroso por la lluvia que cae cuando el vehículo se detiene.

Después de aparcar, sale del coche y da la vuelta. Abre la puerta y me ofrece la mano para ayudarme a salir. Su contacto me produce un escalofrío. Me agarra de la cintura y comenzamos a caminar hacia la entrada principal.

Se nota, por cómo le saludan algunas personas, que es un cliente habitual. Conmigo solo ha estado dos veces. ¿Con quién habrá venido acompañado en otras ocasiones?
                                                         


La sala es amplia, aunque como está poco iluminada en los rincones es difícil precisar el tamaño exacto.

Hace calor, pero obviamente no puedo quitarme la gabardina. Meto las manos en los bolsos y pego la tela de forro que reviste su interior a mis muslos.

Me acerca un taburete a la mesa de la Blackjack. Pide fichas y apuesta fuerte. Gana, como siempre: 21 con dos cartas.
-Vamos -me dice. La segunda palabra que me ha dirigido en toda la noche es otra orden.
Le sigo. Me cede el paso en el ascensor. Supongo que quiere ir al segundo piso para jugar al Poker.

La sala es pequeña y reina el silencio por encima del humo del tabaco que, en forma de pitillos unos y de puros otros, fuman los clientes. La moqueta azul amortigua el ruido de mis tacones de aguja. Tengo la sensación de estar caminando sobre las aguas; su mano en mi espalda es un timón. 

Atravesamos el salón sin detenernos. Dos hombres se sitúan a nuestra espalda como si fuesen unos guardaespaldas. 

Al otro lado del pasillo, nos paramos delante de una puerta que tiene un cartel metálico con el número 21 grabado. Saca una llave de su bolsillo y abre. Entramos. También los dos hombres, uno maduro y calvo que rezuma autoridad, y el otro joven y tan pálido que parece un resucitado. 

El único punto de luz procede de la chimenea encendida. El baile del fuego se derrama sobre una alfombra clara que se adivina mullida. Un poco más atrás, dos sillones de cuero negro. Los hombres se sientan en ellos. Se comportan como si fuesen mudos.

Comprendo que voy a ser la protagonista de unos de sus juegos y mi sexo se contrae, se conecta con mi mente que ha empezado a imaginar mil escenas morbosas. 

Frente a la chimenea, desabrocha mi gabardina y la retira con suavidad. El calor de las llamas lame mi piel. 
-Quédate así, según estás -. Su voz, hielo, contrasta con el calor que siento. Me estremezco. Mis pezones resaltan agresivos como aristas de roca (o hielo).
Escucho que saca algo de su bolsillo. No miro. Espero. Al momento me  coloca sobre los ojos un antifaz y lo anuda tras mi nuca. No veo nada.
                                                     


Huele a cuero.

Escucho el cimbrear de la fusta corta que lleva siempre en el coche. Reconocería ese sonido en cualquier lugar porque sueño a menudo con él. El aire se mueve cuando el látigo lo parte en dos.
-Abre las piernas.
Trago saliva al escuchar su voz espesa y obedezco. Entre mis muslos se desliza la piel negra del látigo. Separa mis labios abultados, tensos y empapados por los fluidos que se escurren imparables de cada pliegue de mi sexo. 

Detrás de mí escucho un gruñido. Ni me acordaba de que teníamos espectadores. Quiero girarme y quitarme el antifaz para ver qué están haciendo, qué reacción les provoca mi desnudez y las caricias que él me hace, pero no me atrevo a tomar ninguna iniciativa sin su consentimiento.

La caricia late. Con sabiduría -conoce muy bien mi cuerpo- inclina un poco el mango para conseguir que el ángulo que forman vulva y látigo se cierre presionando así sobre mi clítoris. 

Sacudidas rítmicas se suceden una tras otra procedentes de ese botón mágico, que se transmiten a través de los recorridos misteriosos de los nervios, inundando mi cuerpo de sensaciones placenteras. Mi vientre, fuente de placeres, se desborda a través de mi vagina y baña la cara interna de mis muslos.

El olor del cuero, el olor a mí, llena la estancia.

De pronto interrumpe la caricia y dejo de respirar. Adivino lo que viene a continuación. El primer contacto siempre me causa sorpresa, aunque lo esté esperando. Una serpiente de brasas quema la piel de mis nalgas. Racimos de sensaciones que se esparraman más allá de donde ha ocurrido el dulce impacto. Cuero contra cuero: el del látigo, oscuro e indomable; el otro, mi piel, rosado y tierno. 

De nuevo se detiene. Percibo que se mueve a mi alrededor porque el calor que me llega directo de la chimenea se interrumpe cuando él actúa de barrera. 

Cada poro de mi piel es un volcán. Me abraso. Me gustaría acariciarme íntimamente, pero aguanto la tentación.

Como si adivinase mi desazón, coloca una mano donde antes ha golpeado el látigo. Posiblemente su palma esté caliente, pero yo la noto fría. Muy fría. Tiemblo mientras mis músculos se contraen.

Sin perder el contacto, sus manos recorren la curva de mis caderas, suben hasta la cintura y continúan la caricia hasta el pecho, y ahí se quedan, jugando con mis pezones, haciéndoles rodar entre las yemas de los dedos.

Su respiración, que se ha vuelto más rápida y sonora, se mezcla con la de los otros dos hombres. Los perros encelados rugen y enseñan los dientes, me digo. Me gusta la sensación de poder que experimento al saber que están excitados por mí.


-Ponte de rodillas -Tercera orden. Obedezco.
Así, como estoy, expuesta, percibo movimiento alrededor. Los olores cambian y aspiro el aire tratando de ver a través de este sentido ciego. Gruñidos hambrientos que rebotan en mi carne. Gemidos que intentan ser ahogados sin éxito, y después...

Detrás de mí, unas manos expertas, que enseguida reconozco, separan los labios de mi sexo. Presiento el aliento de su boca que precede a la suavidad de la lengua cuando choca contra la miel de mi vulva.

 Contraigo el vientre y arqueo la espalda como gata en celo. Sin dejar de lamerme, introduce en mi vagina un dedo, después dos. Explora mi interior, tantea, tal vez buscando el punto de no retorno... De nuevo el olor a cuero. De nuevo el mango de la fusta entre mis piernas y, enseguida, dentro de mí. 


-Está preparada... -le escucho decir. 
Siento la necesidad de gritar de gozo. Tengo que contenerme. Falta poco.

Unas manos blandas y grandes abarcan ahora mi busto. Me oprimen con urgencia. A mi derecha, un cuerpo desconocido se pega a mí y su miembro erecto presiona contra mi muslo. Quisiera participar más activamente, pero sé que eso va contra las normas.

Me concentro en el placer que experimento cuando tres bocas atacan mi carne hasta humedecer cada centímetro de mi piel. 
                                                   


Estoy a punto de perder el sentido. Cuatro manos me ayudan a tenderme de espaldas sobre un colchón humano. Entre mis nalgas, un pene se agita como anguila encallada en aguas cenagosas. 

Otro hombre situado entre mis piernas se inclina hasta que su glande queda pegado a la entrada de mi vagina. Grito por dentro. Me penetra despacio. El efecto que me causa es demoledor. Comprimida, asediada por dos cuerpos, caigo en la agonía de una sucesión de orgasmos, o tal vez sea uno solo: EL ORGASMO. 

Y me trago el placer que es solo mío, mudo, ciego, egoísta... Ni un solo gemido sale de mi garganta. 

Abrazos que me encadenan. Contornos masculinos que se funden con los míos. Me lleno y me vacío al mismo tiempo, muchas veces más antes de que el juego concluya después de que el fuego en la chimenea se haya apagado..., mucho después.

Las primeras luces de marzo se insinúan tras los rascacielos de Madrid cuando el coche se detiene en el aparcamiento. No me mira. No habla. Antes de salir del vehículo le hago la misma pregunta de siempre:
-¿Te veré el sábado?
No me responde, pero saca una llave del bolso de su americana y me la ofrece. La miro intrigada; del llavero cuelga una chapita dorada con el número 21 grabado.
                                                     


Este relato es un poco diferente y, por eso, me gustaría que me contases si te ha gustado la temática de hoy. ¡Muchas gracias!




 









8 comentarios:

  1. Buenas tardes.
    Ya era hora de que tuviésemos post nuevo. Me ha gustado mucho el relato. Supongo que habrá segunda parte cuando vuelvan a la habitación 21. Te animo a que lo escribas.
    Un saludo.

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    1. Buenas tardes, Capricornio.
      Algunas circunstancias personales me han tenido un poco desconectada del blog.
      El 21 es un número elegante y muy mentado en los juegos de azar, por eso lo introduje en este relato. Espero que cuando veas un 21 te acuerdes de mí.
      Tendré en cuenta tu petición.
      Un abrazo.

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  2. Estoy de acuerdo con Capricornio, ya era hora. Un relato muy interesante para un sábado cualquiera, esta semana jugare al 21

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    1. Buenas tardes, Anónimo.
      Pido disculpas por la tardanza y deseo que la espera haya valido la pena.
      ¡Ah, qué tendrán los sábados que se asocian con actividades amorosas y juegos de azar! Te cuento que es mi día preferido de la semana.
      Espero que el 21 te de mucha suerte.
      Gracias por comentar.
      Un abrazo.

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  3. Es una historia muy completa no falta ni un detalle y te transporta directamente a la habitación,es excitante y aunque es un poco fuerte la escena para lo que nos tienes acostumbrados tiene el toque justo para que estés enganchado y no te sobresaltes demasiado,espero la siguiente pronto.A mi me ha gustado

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    1. Buenas tardes, Tere.
      Eso he intentado, que fuese muy visual. Para ello he tenido en cuanta las recomendaciones que hicieron los lectores en la primera parte, y me ha encantado la experiencia.
      Me alegra saber que te ha gustado este cambio. :-)))))
      ¡Muy agradecida por tu comentario!
      ¡Aprovecha lo que queda de fin de semana!
      Un beso.

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  4. ¿Habrá segunda parte?, ¿Qué abre la llave 21?, ¿la recogerá el sábado?, ¡qué de incógnitas!!!!, como siempre nos dejas con la intriga. Buen post araña.

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    1. Buenas tardes, Leo.
      ¿Tú nunca paras? Siempre quieres ir más allá, exprimir las historias al límite... ¡Pues no!. Dejar hueco a la imaginación del lector es fantástico, al menos esa es mi opinión (que no la tuya).
      Respondiendo a una de las preguntas que planteas: por supuesto que se verán el sábado.
      Gracias por la visita.
      Un beso.

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