4 de mayo de 2018

El hombre de la gabardina beige

                                                    
Acero bajo la piel
¿Te has encontrado alguna vez con un superhéroe?


7:30 a.m. Llueve sobre Madrid. Ahí está de nuevo. La misma línea, el mismo horario, el mismo banco..., es un hombre puntual y extraño. Me atrae el gesto serio de su rostro: cejas levemente fruncidas, que sobresalen por encima de la montura de las gafas, y la mandíbula tensa que remata en labios apretados, ligeramente adelantados simulando el exhalar eterno del humo de un pitillo. 


¿Cómo se llamará? 

Cuando se pone de pie me fijo en su envergadura. Me recuerda un poco a un jugador de béisbol, o al Superman que interpretaba Cristhopher Reeve; fantaseo con la idea de que por debajo de la ropa lleve un traje de superhéroe, tan ajustado que despeje todas las dudas que tengo sobre la orografía de su cuerpo.

Como cada día, le sigo hasta el autobús. Me pego a él, a su espalda, aprovechando la multitud que se agolpa en el espacio estrecho del pasillo del vehículo. 

Miro su mano, grande y masculina, agarrada a la barra. La imagino en mi cintura desplazándose hacia arriba muy despacio, hasta mi pecho. Mis pezones reaccionan a la figuración, los noto erectos y sensibles; la piel de alrededor, tensa y caliente. 

Aprieto un poco las piernas e impuso la pelvis hacia delante. Me gustaría rodear su torso con mis brazos y meterme dentro de su gabardina. 

Su olor limpio se difunde como la niebla que baja del cielo y acaricia con su frescura nuestros rostros. Dejo que su perfume me penetre como cada mañana y espero que se pegue a mi ropa para que su presencia me acompañe cuando ya no esté.

El autobús frena bruscamente. Él apenas se ha movido del sitio, pero yo sufro una sacudida que me hace chocar contra su cuerpo. Se gira y por fin advierte mi presencia.
-¿Se encuentra usted bien, señorita?
Quisiera responder, pero no me salen las palabras. Asiento con la cabeza como si fuera muda. 

Un nuevo frenazo. 

El hombre de la gabardina sujeta ahora mi cintura con una mano y me ayuda a recuperar el equilibrio, mientras con la otra continúa aferrado a la barra. Me parece una pose típica de Superman cuando va a echar a volar. Con la fuerza de su puño rompería el techo del autobús y me llevaría con él a algún lugar hecho de hielo y fuego. 
                                                
Alas de fuego


A mi alrededor escucho las protestas de los viajeros como si llegasen de muy lejos. Por encima del ruido colectivo se impone su voz varonil y segura.

-Está un poco pálida... El tráfico está hoy imposible, ¿no le parece?
-Me ponen nerviosa las aglomeraciones..., me siento perdida entre ellas -consigo pronunciar al fin.
-No se preocupe, yo la ayudo. 
Estoy pensando en decir algo más para prolongar la charla, cuando noto que tira de mí. Jadeo. Las piernas apenas me sujetan mientras mi vientre parece una olla a presión cuyo vapor vaya a escapar por la abertura más próxima. Debo de haber despertado al caballero que, según una desgastada leyenda, todo hombre lleva dentro.

Su muslo izquierdo ha quedado entre mis piernas y yo percibo su dureza vibrante. El calor de su cuerpo traspasa la tela del pantalón vaquero y repta hacia arriba, hacia mi pubis inquieto. Jadeo.

La lentitud del tráfico hace que las personas se alteren por la tardanza, por el contrario, yo me siento agradecida. 

Mi nariz está a un palmo de su barbilla. Si elevo la cara un poco podría depositar un beso en su piel afeitada. No me atrevo. Puede que la imaginación me esté jugando una mala pasada, pero creo que Superman ha reaccionado a mi proximidad. Con un ligero movimiento de sus pies, corrige su postura y se coloca de frente a mí.

Tengo que morderme la lengua para no protestar cuando retira su pierna de entre las mías, sin embargo compruebo que salgo ganando. La presión de su entrepierna es elocuente.

Superman está excitado y quiere que lo sepa. Jadeo.

La mano que me sujeta se mueve ahora tratando de colarse por debajo de mi jersey de lana, mientras mira al frente como si estuviese prestando atención a lo que ocurre tras la ventana. No tarda mucho. Los superhéroes lo hacen todo muy bien. Puedo comprobar su pericia cuando empieza a trazar círculos en mi espalda. Símbolos extraños que me estremecen. Jadeo.

Desato el cinturón de su gabardina y separo los bordes. Me introduzco dentro; todo ocurre según lo había imaginado. Tal vez algún genio capaz de leer los pensamientos de las mujeres viaje en este autobús y me haya concedido el deseo.

Su relieve, masculino y fiero, ahora se acopla al mío, femenino y mullido. Entre mis piernas, el tiro del pantalón se clava en mi sexo por el balanceo suave de nuestras caderas. El traqueteo del autobús contribuye a que todo fluya de forma natural.

Estamos rodeados, diría que asediados por personas malhumoradas, a pesar de lo cual somos como náufragos en una isla desierta; solo nos tenemos el uno al otro.

Quiero averiguar qué hay bajo la gabardina beige, sin tejidos que escondan la verdadera materia que presiento. Introduzco la mano bajo la camisa. No lleva ningún traje de superhéroe que le proteja, tan solo la coraza natural que forman los músculos de su vientre. Paseo la yema de mis dedos por los montículos marcados... hacia abajo.

El cinto del pantalón es un obstáculo que no me permite continuar el camino, así que tomo una desviación. Bajo la cremallera de la bragueta e introduzco la mano. No puedo decir que me sorprenda lo que encuentro; lo normal es que los superhéroes estén superdotados...

Encerrado en mi puño, su pene late. Siento fluir la sangre que le hace crecer. El imita la acción que he llevado a cabo en sus pantalones y su mano se desliza entre la abertura de los míos. Sus dedos se abren paso a través del terreno pantanoso que es mi sexo bajo la braga de encaje. No tarda en llegar a la cima. Es un hábil buscador de tesoros. Mi tesoro... 

Jadeo cuando empieza a rozar las las alitas de mi clítoris. Me muerdo el labio inferior con fuerza para detener los gemidos que emergen de mi boca sin que mi voluntad pueda frenarlos. Aprieto los muslos para aprisionar los dedos que rebuscan descarados bajo mi ropa interior y me contoneo sobre ellos. Quiero que giren, que me expriman, que ahonden, que no paren...

Envidio a mi mano por lo que en su puño esconde. Cálida roca recubierta de piel flexible que se desliza al ritmo que yo impongo.

                                                                           
Roca en el vientre

Balancea su pelvis como si, en vez de en mi mano cerrada, estuviese penetrando mi vagina. Imagino sus glúteos contrayéndose con fuerza y no puedo resistir la tentación de agarrarlos con la mano que tengo "libre". 

Le atraigo hacia mí y dejo que mi cara se pierda en su cuello. Jadeo. Muerdo. Acaricio con la punta de la lengua el lugar donde noto latir el pulso. Exhalo el aire que antes he calentado en mis pulmones para él. 

Jadeo cuando me penetra con dos dedos, supongo que el medio y el índice, mientras con el pulgar continúa trazando círculos alrededor de mi clítoris. Fantaseo con que en vez de los dedos, introduce dentro de mí lo que tengo entre las manos. 

Escucho el respirar agitado y el tambor que late en su pecho. Se que está a punto de eyacular. 

Somos amantes furtivos entre la multitud. Durante unos segundos, me preocupo por si alguien se ha fijado en lo que hacemos, pero son solo unos instantes de lucidez que se diluyen en el deseo feroz que late, casi doloroso, en mi entrepierna.
-Fóllame más adentro, con tus dedos.
Apenas he acabado de pronunciar el deseo, mi vulva empieza a contraerse y a dilatarse cadenciosamente. No puedo detener la avalancha de espasmos que preceden al orgasmo y me dejo llevar al límite de la inconsciencia cuando una araña, que imagino rosa, teje una tela de mil hilos dentro de mi vientre.

El hombre de la gabardina beige me agarra con fuerza. Su mano ya no está en mi entrepierna y la mía está vacía. Abro lo ojos. Él me mira preocupado.
-¿Se encuentra bien, señorita?
Parpadeo con fuerza tratando de recobrar el equilibrio. A nuestro alrededor, los viajeros hablan todos a la vez. Le digo que sí, que me encuentro perfectamente. Mis mejillas arden. Me mira con curiosidad. 

Un detalle de su vestimenta llama entonces mi atención: la gabardina beige está abrochada hasta el cuello, y el cinturón bien asegurado en su cintura. 
                                                                         
¿Qué crees que ha pasado en el autobús?  
Nota informativa: Durante los próximos meses me voy a dedicar a la revisión de todos los cuentos que he publicado, con la intención de reunirlos en un librito para tener a mano, en la mesilla, por ejemplo.  
Iré informando a medida que el proyecto vaya creciendo y volveré a colgar los cuentos que más visitas hayan tenido. 
Gracias, de corazón, a todos los lectores de La araña rosa.


9 comentarios:

  1. Nooo, en serio? todo ha sido producto de su imaginación? Pues a mi me ha parecido verlo todo desde el asiento de en frente, por dios que calor!

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    1. ¡Menos mal que ha aparecido una testigo! :-)))
      Buenas tardes, Ayla. Gracias por esa muestra de sentido del humor; ¡me encanta!
      Lo del calor es por la aglomeración de pasajeros, no te vayas a pensar que...
      ¡Feliz fin de semana!
      Un abrazo.

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    2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  2. Qué recuerdos acabas de evocar ... No hera superman sino un profesor del conservatorio, cruzamos la mirada varias veces yo siempre desde el autobús el en el mismo paso de peatones hasta que se decidió a subir, alto moreno aún le recuerdo guapísimo, en otra ocasión os lo cuento sólo deciros que si me sucede ahora salen rayos del autobús

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    1. ¡¡¡Vaya!!!, menuda combinación: profesor y músico... Manos hábiles, acostumbradas a tocar instrumentos.
      Buenos días, Anónimo, ¡nos has dejado con ganas de saber qué paso!
      Resulta curioso comprobar cómo, a veces, no es necesario decir ni una palabra para que surja una atracción fatal entre dos personas. Vamos, que ni relato ni mandangas, ¡la vida misma!
      Gracias por la confidencia ♦♦.
      ¡Un abrazo!

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    2. Por cierto, con la edad todos cambiamos la perspectiva de lo que pudo haber sido y no fue. Aprovechemos el tiempo presente y hagamos que surjan rayos, y truenos también, dentro o fuera del autobús.
      Gracias de nuevo.

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  3. Yo creo que ha tenido una visión de lo que pasará a continuación... Jejeje. Buen post araña.

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  4. ¡Buenos días, Leo!
    Me parece una teoría muuuuy interesante la tuya. Creo que tienes una imaginación flexible y bien nutrida, ¡qué suerte!.
    Muchas gracias por el comentario; me has hecho reír.
    Un beso.

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